Un día dije: “Quiero ser maestra”
¿Tendremos un don especial? ¿Nos sentiremos atraídos por el entusiasmo del descubrimiento, la investigación, la innovación o simplemente seremos elementos vinculantes para la transmisión del conocimiento? Naturalmente que esta profesión ha estado enmarcada con un prisma vocacional histórico, tradicional, de disciplina, conexión y comunicación con los niños, eran los maestros de antaño, afanados por llevar a las zonas más desfavorecidas esa cultura memorística que sólo algunos podían permitirse. Que duda cabe que los tiempos han cambiado, no sólo la concepción estructural de la escuela como institución, de sus principios pedagógicos y métodos didácticos sino también el propio concepto de infancia, de familia y de modelos educativos.
Vivimos en una sociedad plagada de saberes culturales, conceptos, procedimientos, actitudes desde diferentes medios y contextos que inundan diariamente la mente de los niños, se hace necesario fijar unas coordenadas donde sea palpable la intencionalidad educativa en los tiempos que corren.
Cuando me planteé “ser maestra” no pensé exactamente en estos aspectos, pero, al realizar mis primeras prácticas, tomé conciencia de la dificultad que tenía controlar una clase, proponer un planteamiento didáctico de acuerdo a una serie de principios comprensibles y defendibles, saber de la existencia de un currículo oculto de creencias y actitudes del que yo sería un ejemplo y referente para mis alumnos en cuanto a imitación y habilidades sociales… un cúmulo de interrogantes que subyacían en la palabra “maestra”. ¿Quién me daría las claves para mi futura dedicación? Al margen de los contenidos teórico-prácticos, de las experiencias y transmisiones de tus profesores de carrera, de tus lecturas y vivencias, de los propios compañeros de universidad, la luz la ves al final del camino cuando llegas a un aula y dices: ¿Ahora qué?, ¿por dónde empiezo? Tengo que organizar el espacio, distribuir el tiempo, diseñar actividades, preparar materiales, reunirme e informar a las familias, coordinarme con el equipo docente, ser tutora de un grupo de alumnos y en tal contexto social.
Toda una odisea y una aventura, si me permiten la expresión, del principiante, pero con una ilusión existencial que te va ayudando a implicarte afectivamente, a entender al niño como sujeto activo en su educación, a concebir el proceso de enseñanza y aprendizaje de forma constructiva, globalizadora, interdisciplinar y a asumir que la escuela ahora es coeducadora, saludable, ecológica, integradora de diferencias, participativa, cercana a la tuya y, evidentemente, muy lejana a la de tus padres y abuelos.
A medida que fueron pasando los años las dudas a mis interrogantes iniciales se volvieron reflexiones para mejorar mi práctica en las clases, se iban reduciendo las improvisaciones, las contradicciones y los esfuerzos en vano y aprendía a valorar cualitativamente todo cuanto me rodeaba, me implicaba en la organización escolar y sobre todo, entendía que desde el rol que tenía asignado en la sociedad podía apoyar, informar, orientar en gran medida a los padres, a veces, abrumados por el desconcierto, la responsabilidad y el interés natural que sentían por sus hijos; que no estaba sola, que las familias, los equipos, el personal no docente de los centros, daban sentido a mi existir y de todos podía aprender.
Recordaba mi infancia y deducía el cambio sufrido por las funciones magistrales, el paso de una sociedad elitista y conservadora a otra plural, cambiante, diversa y heterogénea en cuanto a posibilidades formativas para con sus ciudadanos. Ya no soy esa persona erudita que todo lo sabe, que todo lo piensa y que todo lo dicta, ahora estoy en una posición intermedia, colaboradora, integradora de una realidad sociocultural distinta, flexible, dispuesta a la innovación y formación permanente, que concibe a sus alumnos como protagonistas de su desarrollo intelectual, físico, emocional, musical, artístico, lingüístico, personal y social, dimensiones que dan como resultado el ser persona, ideal de todo ser humano.
Esto exige una dedicación especial, un constante esfuerzo por mejorar, descubrir nuevas posibilidades de interacción con el medio, explotar los recursos disponibles y crear otros, ser un poco autodidactas, saber proponer pero también aceptar las críticas y sugerencias de los demás, no parece demasiado fácil y si lo fuese seguro no sería digno de admirar por su mérito en esfuerzo. Pensarán ¡qué bonito planteamiento! aunque ¿es real?
Depende en qué contextos, con qué profesionales y desde luego, de qué perspectiva estemos tomando como modelos sociales, si me propongo que mis alumnos logren tal objetivo lo voy a conseguir, la forma de hacerlo será otra cosa, el intento al menos debe ajustarse a la profesionalidad, a las expectativas que un centro ha depositado en mi persona, a la confianza que los padres han puesto en mi forma de trabajar y actuar.
Siempre he creído que el colegio es como una gran familia con un pilar básico, la dimensión psicopedagógica y afectiva de los alumnos, una serie de habitaciones que vacías no tienen sentido, unos compañeros que participaban contigo en ese quehacer cotidiano de la jornada escolar y un jardín donde las semillas que son nuestros alumnos se desarrollarían plenamente, evolucionando de una etapa a otra, darían sus frutos si las regábamos con agua limpia, fresca, renovada, una formación transparente, algo así como los kindergarten de F. Fröebel y ese reflejo lo tengo siempre en mente al pisar un centro educativo.
No sé si estarán de acuerdo conmigo en que no todo el mundo puede desempeñar esta ocupación, no visto desde una óptica exclusiva, de segregación laboral sino mirando el futuro con enfoque social, humanitario, donde se debe suscitar experiencias en los demás, favorecer aprendizajes significativos, adoptar un modelo constructivo y globalizador, integrador de saberes, favorecer interacciones recíprocas, dotar de una base consistente a la personalidad de los alumnos y alumnas… Confieso que intrigante desde luego resulta para quienes amamos esta tarea pero una angustia será para quienes no hayan descubierto el verdadero valor de la enseñanza. Concluyo que “educación” y “vocación” estarán ligados ahora y en el futuro, pues ambos términos se relacionan mutuamente en la medida en que uno siente que aprende enseñando a los demás y disfruta de ello, al igual que, con sus palabras, nos dice el pensador Henry Brooks Adams: “Un maestro impresiona para la eternidad y nunca puede decir cuando termina su influencia”.
Por M.ª Carmen Moreno
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