“Tengo un niño superdotado ¿qué hago?”
¿Qué piensa un padre cuando le dicen que su hijo ha sido diagnosticado como un niño “superdotado”?, ¿Cuáles son las pruebas que nos catalogarían poseedores de sobredotación?, ¿Desde la escuela los profesionales vemos este fenómeno como un enriquecimiento o una problemática en el alumno que lo presenta?, ¿Ser superdotado significa destacar en todo?, ¿Qué cualidades reúne el niño superdotado?
El niño superdotado no es diferente por serlo, sigue siendo un chaval con sus mismas inquietudes, deseos de estar con los iguales, de compartir vivencias con los padres, de salir con sus amigos, de jugar, de reír, de soñar, de divertirse, de emocionarse… No hay que ver a este colectivo como seres raros, extraños, apáticos, aburridos, ansiosos de saber porque simplemente piden una atención a su diversidad, como el alumno que necesita un apoyo extraescolar, una adaptación curricular o una eliminación de las barreras arquitectónicas por sus dificultades neuromotoras.
Sí que pueden apreciarse ciertas diferencias en torno a su proceso de desarrollo, suelen mostrarse precoces en algunas áreas: lógico-matemático, musical, plástica, lingüística, corporal, de expresión verbal, entonces ¿dónde está el problema? Pues bien, la cuestión radica en que estos niños no se sienten integrados, frecuentemente se aburren en el cole debido a su dominio de los conceptos que por edad le corresponden y no por el nivel que precisan, se observan en ellos altas capacidades sensoriales, resaltando su curiosidad, actividad, rapidez de respuesta, ansias de saber, motivación e iniciativa propia… unido a que estas conductas se manifiestan a edades tempranas. Ahora bien, los superdotados no son geniales en todos los aspectos de su vida, por ello deben ser conscientes también de sus limitaciones y tener capacidad de afrontar conflictos, resolver dificultades, entender que no siempre es posible el éxito y comportarse de forma habitual en su entorno inmediato.
Recordando a Piaget y a su definición de inteligencia como una suma de la herencia genética que uno trae consigo más la influencia del ambiente en los distintos contextos de aprendizaje por asimilación y acomodación de las estructuras cognitivas podemos entender que solo se desarrolla el talento cuando se estimula de forma adecuada, en estos niños sorprende bastante la capacidad que tienen de generalizar y extrapolar, de ir más allá, se preocupan por la justicia moral, son críticos con su entorno, no obedecen, se muestran disconforme con su realidad educativa, dicen ir a la escuela para aburrirse, reflexionan constantemente buscando el sentido lógico de las cosas, tienden a desenvolver por sí mismos antes que cualquier otro niño de su mismo nivel evolutivo, sufren el dolor ajeno mostrando así un grado de empatía que ni siquiera un adulto a veces consigue. Por tanto, sí que sabremos, seamos padres o educadores, cuándo estamos ante un escolar con esos rasgos, claro que seguidamente viene la otra cuestión, ¿cómo afrontar la superdotación en el aula?
Está claro que la solución no está en aislarles, recluirles en centros específicos negándoles la posibilidad de integrarse en un centro ordinario, entre otras razones porque no existe personal cualificado para este tipo de niños al contemplar nuestro sistema educativo la atención a la diversidad y la educación compensatoria en el sentido más literal (flexibilizar niveles y etapas, detección temprana, formación específica del profesorado, asesoramiento a las familias, orientación en asociaciones fundadas a tal fin –ASENID, AEST– además tenemos que reconocer que la sociedad no está preparada para entenderles debido a que no suele haber preocupación o sensibilización social hacia estas personas, se concibe extraordinario, extraño, magnífico e incluso excepcional el reunir los requisitos de ser superdotado pues desde hace décadas se difundía que sólo aquel que superaba el 130 de CI –coeficiente intelectual– cumplía el don de la sobredotación intelectual. ¿Qué test se suelen aplicar a priori con objeto de detectar dicho CI?
Normalmente, pruebas de inteligencia, personalidad, autoestima, habilidades sociales, tests ABC, escala de Mc Carthy y de desarrollo infantil Bayley, Stanford-Binet, Weschler, entre otras. Nunca se me ocurriría privarles del gozo de disfrutar con los demás, tienen que entender la diversidad y para ello aprender sus derechos y responsabilidades, convivir con sus compañeros de clase, familias, amigos, profesores y resto del personal no docente cuantas vivencias se realicen dentro y fuera del colegio, no deben sentirse “bichos raros”, son personas.
A estas alturas del escrito nos preguntamos cómo la familia afronta dentro del hogar la diferencia en estos niños, qué hacen, cómo se comportan y actúan, qué modelo educativo siguen. El ideal es el estilo democrático, no autoritario ni disciplinario puesto que ya los niños se sienten aislados, no comprendidos e incluso muchos cursan trastornos depresivos al no encontrar solución; a mi modo de ver lo que necesitan es cariño, estimulación constante, flexibilidad, adaptaciones continuas y medios pertinentes con un equipo de personal preparado acorde a los tiempos y circunstancias, las campañas educativas y sociales debieran encaminarse en este sentido. Por un lado, los padres necesitarán orientación, programas a desarrollar, colaboración con los tutores, enmarcarse en un ambiente que refuerce y premie esa actividad extraordinaria que tienen sus niños y que todos los miembros de la familia pueden disfrutar.
Se me vienen a la mente grandes genios, recordemos a Einstein, Goethe, Stuart Mill, Stephen Hawking, Curie, Fisher, Edison, Mozart, Picasso que debieron sacar su celebridad a la claridad en una época llena de vicisitudes y controversias, sus legados de brillantez e invención resultan intachables para la humanidad, ejemplos a seguir; en los tiempos que corren igualmente destacan músicos, artistas, poetas, inventores, gente de a pie que crea, imagina, piensa, medita y lucha por un mundo mejor de forma creativa, singular. Yo, como psicopedagoga podría matizar una serie de consejos que daría a un familiar que me diga: “Mi hijo es diferente”; primero, que no se dejen llevar por las conclusiones a priori; segundo, que se abran a los demás y disfruten de esa inteligencia; que les ayuden a desarrollar la capacidad de soportar el fracaso y, por último, que no alardeen de esa inteligencia superior sino que la compartan y la manifiesten con libertad.
Nuestra actuación pedagógica e intervención cobra gran importancia justamente cuando las estadísticas nos aportan datos significativos, a saber, el 70% de los superdotados tienen bajo rendimiento escolar y entre un 35% y un 50% están avocados al fracaso por su descontento, frustración, monotonía y falta de interés ante los estudios, la novedad que supone el adquirir nuevos conceptos no la tienen, consiste su actividad en repetir lo que ya saben, intuyen, prevén y sienten en su interior. Buscar alternativas, proponer actividades complementarias, servicios de apoyo extraescolar, tareas de ampliación, refuerzo, monitor-tutor infantil para el resto de compañeros, colaboración con los tutores, responsabilidades, aceptación del fracaso en algunas áreas del desarrollo, de sus propios errores ofrecerían vías de trabajo en el aula, talleres de ingenio, sesiones con los padres para orientarles y participar juntos en la educación de estos niños al igual que del resto.
En fin, la familia, la escuela, la sociedad en general, tienen bastante que aportar a la realidad del superdotado entre otros motivos porque muchos de los que leamos este artículo tendremos esa capacidad y aún no lo sabemos.
Meditemos sobre lo que nos decía Carl Gustav Jung: “Los superdotados son el fruto más hermoso del árbol de la humanidad, pero a la vez corren el más grande peligro, pues cuelgan de sus ramas frágiles y con frecuencia se rompen”.
Por M.ª del Carmen Moreno Fernández
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