¿Qué papel tiene el centro educativo en la prevención e intervención con niños y niñas en situación de riesgo social?
Actualmente la Educación, en el marco del contexto sociocultural general, tiene mucho que aportar al desarrollo de las nuevas generaciones entendiéndose así la escuela como institución socializadora donde el alumno se enfrenta a un mundo que le va a retar en el avance de sus posibilidades, puesto que adquiere una serie de conocimientos y de hábitos sociales previamente programados, expuestos y trabajados e interioriza una serie de normas, valores y creencias implícitos en la relación que establece con los adultos y con sus iguales; por tanto, nosotros como docentes contribuimos de forma notoria a que las consecuencias psicológicas y sociales favorecedoras del desarrollo integral de los niños se lleven a cabo de forma satisfactoria.
Tras varios años de experiencia en la enseñanza de los más pequeños como docente puedo constatar que la escuela sigue siendo un espacio idóneo de interacciones en el que el niño desarrolla su personalidad, afianzando el concepto de sí mismo, pero no podemos olvidar que existen niños sometidos a una pobre estimulación y que, por ello, ven entorpecido su desarrollo social, de ahí que la labor que emprendemos día a día en el aula deba contribuir a ese carácter preventivo y compensador de desigualdades del que hacemos mención en este artículo.
Hemos de diferenciar entre niños en situación de riesgo social y niños inadaptados. Los primeros son aquellos que, aún reuniendo una serie de factores, nos indican la posibilidad de que por determinadas circunstancias de su vida pudiesen convertirse en inadaptados sociales; los factores a los que nos referimos suelen ser físicos como alteraciones durante el parto, neuro-motrices, etc., psicológicos, dificultades emocionales por carencia de vínculos afectivos estables, seguros relacionados con la figura de apego y sociales, propiamente derivados de la pobreza económica y cultural del entorno familiar. Los segundos, son los que, aún dotados de capacidades intelectuales aceptables, ven interrumpido su proceso de socialización e interiorizan conductas enfrentadas a las normas ya establecidas. En este punto, lo que debemos recordar es que cualquier carencia social sea económica, cultural o afectiva segregará socialmente al niño y favorecerá la aparición de conductas marginales.
Pero sabemos que los modelos familiares han cambiado y que nos encontramos en clase con casos muy diferentes: cuando la madre es demasiado sobreprotectora, el padre abandona a la familia, alguno de los progenitores no acepta a uno de los hijos o hijas y les retira el afecto, los hijos experimentan casos de malos tratos, de drogodependencia, de violencia escolar. Y nos planteamos ¿qué puede hacer la escuela ante niños que ya llegan con esas carencias socio-afectivas, físicas, económicas y culturales? En primer lugar, los maestros y maestras tenemos que tener presentes los niveles existentes de prevención. A partir de ahí podremos aplicar a cada situación personal el que mejor se ajuste. La Prevención Primaria nos ayudaría a detectar los factores de riesgo físico, psicológico y social: consejo genético, planificación familiar, nutrición, evaluación de aptitudes intelectuales y emocionales, servicios de seguridad social, planificación económica del entorno, adecuada escolarización… La Prevención Secundaria nos permitiría diagnosticar precozmente el problema para reducirlo o eliminarlo. Y por último, la Prevención Terciaria iría encaminada a la rehabilitación cuando el problema es un hecho y su objetivo es evitar complicaciones o recaídas.
Pero, yo como maestro/a ¿me encuentro sólo/a ante esta tarea? Entiendo que tengo unas funciones concretas no sólo como referente educacional para mis alumnos sino también como profesional y que debo adoptar unas medidas de intervención que me ayuden en clase a solucionar cualquier conflicto, entre ellas cuento con el apoyo complementario de los servicios externos a la escuela, el equipo de orientación y los profesores de ciclo. Se trata de que nos impliquemos profesionalmente y potenciemos la autonomía imprescindible para la prevención de conductas no deseadas en estos alumnos creando un ambiente cómodo, aceptado, querido y respetado con reglas transparentes, democráticas, adaptadas y donde todos nos animemos a tomar responsabilidades, abandonando estereotipos e impregnando el currículo escolar de temas transversales.
La familia tiene mucho que decir y aportar al respecto, debe sentirse escuchada, orientada, lejos de controversias, celos y rivalidades tan habituales entre padres y maestros, debemos trabajar en conjunto, al unísono, pues conseguir de ellos el respeto hacia la labor educativa que estamos emprendiendo con sus hijos nos hará contar con un apoyo y una fuente irrenunciable de información. Si lo pensamos es una tarea ardua y difícil donde no siempre encontramos el apoyo social y el respaldo que necesitamos para minimizar los factores de riesgo, seguro que muchos de los lectores estaréis de acuerdo conmigo en este planteamiento social.
Para concluir esta reflexión os invito a pensar sobre este gran interrogante que llamó poderosamente mi atención y que quiero compartir con vosotros en este escrito: “¿Por qué la sociedad se siente responsable solamente de la educación de los niños y no de la educación de adultos de todas las edades?” (E. Fromm)
Por M.ª del Carmen Moreno Fernández

