Padres y docentes tienen un objetivo común
Hemos optado por titular así este artículo puesto que se hace difícil en la actualidad conciliar los cauces de relación existentes entre padres y maestros, si bien entendemos que éstos son fundamentales por varios motivos. Primero, porque los aprendizajes de los niños independientemente de su edad y con mayor importancia en los pequeños, están muy ligados a la vida cotidiana, son conquistas que realizan en el hogar y la escuela simultáneamente ayudándoles a dotar de significados el nuevo contexto. Segundo, por su aporte de seguridad emocional dando continuidad entre los dos mundos, familiar y escolar. Tercero, debido a que gracias al medio familiar se enriquecen las propuestas educativas del centro y cuarto, porque el aula siempre será un recurso privilegiado de información y formación para los progenitores en su función de ejercer una paternidad responsable.
Pero nos preguntamos ¿existe convicción y cohesión en ambas realidades de las características de la relación papá-maestro, mamá-maestra, papás-maestros/as? No hay más que adentrarnos en un centro educativo para ver qué ocurre, en ocasiones se dan confusiones de roles y responsabilidades ante aprendizajes y actitudes de los niños; entonces ¿qué hacer? Pues delimitarlas lo más claramente posible, evitando por nuestra parte interferencias en el campo familiar privado y viceversa. ¿Y cómo lo conseguimos? Planteándonos, por ejemplo, objetivos a corto plazo, establecer espacios que posibiliten la confianza mutua o compartir criterios educativos podrían ser opciones válidas.
Como maestra en la enseñanza privada desde hace años puedo matizar que cauces de relación con padres y madres del niño sea cual sea su modelo familiar (extenso, monoparental, separados, huérfanos, casados…) siempre se pueden buscar, el que nosotros tengamos o no contacto con los adultos facilitará la confianza que ellos depositen en nuestras actuaciones y credibilidad al centro.
Así, las entradas y salidas generan actitudes positivas, los espacios visuales para la información: paneles, fotos, noticias de interés del barrio, etc., también entrevistas individuales o tutorías, reuniones de grupo, propuestas de participación en el aula, comisiones para organización de fiestas, materiales viajeros de ida y vuelta entre el hogar y el aula. Ahora bien, ¿qué suele ocurrir? Que en la mayoría de los casos, la comunicación con el centro por parte de las familias se retrasa a una entrega de notas, a una fiesta de fin de curso, a una excursión puntual… así es difícil que se trabaje juntos en pro del niño, pero no sólo eso, el niño que observa que sus padres son reacios a una participación, que los comentarios en casa sobre la docencia y personal que desempeña su labor en ella no son buenos, que entienden esa canalización como rivalidad y no como complemento, se va a sentir desplazado en vínculo emocional con el centro y con los profesores, lo que el niño ve y oye en casa, transmite e imita después en otros ambientes, en este caso en el colegio.
Se nos ocurre entonces que las estrategias y actitudes que el equipo docente de un centro pueda adoptar ante estas situaciones debieran respaldarse legalmente y pedagógicamente hablando, es decir, la convicción de que actuamos y reflexionamos bien sobre la práctica nos lleva a confiar en nosotros como profesores y a mantener la calma a veces, en situaciones de estrés, confusiones, discusiones con las familias y tutores de los niños.
Nada mejor que establecer una comunicación sincera y fluida entre adultos, que sepan en todo momento cómo, cuándo y para qué acudir al centro, que se sientan valorados en sus modos de hacer, que se adopten metodologías motivadoras y cercanas donde puedan participar activamente ¿y si no quieren o no pueden? Pues habrá que buscar alternativas, sin culparles pero sí desde la responsabilidad; entonces, el encuentro, aunque sea mínimo, se producirá y, a partir de ahí, dependerá de ambas partes la continuación o no de dicha relación en beneficio del desarrollo de sus descendientes.
¿Qué procuro cuando estoy en el aula y me surge algún distanciamiento entre padres-madres porque no atienden a razones o bien por su incompatibilidad de caracteres manifiesta? En principio, analizo mental y conscientemente qué situación tengo delante, estoy oyendo o de la cual me ha llegado información por parte de otros familiares o del propio niño y a continuación, intento garantizar actitudes propias de una persona formada y cualificada para esta profesión, es decir, procuro ser objetiva y ausente en prejuicios, muestro la capacidad de escucha activa y la empatía necesarias, controlando el momento, desarrollo habilidades sociales para reconducir por ejemplo, una conversación desagradable del padre hacia el hijo en plena tutoría –algo que sucede con frecuencia– y sobre todo, establezco siempre una distancia óptima que me permita un trato cordial de cercanía y al mismo tiempo, de profesionalidad y respeto hacia la privacidad de cada cual. Claro que todo esto no surge de repente, intuitivamente, sino que se aprende a adaptarse al medio cuando aparecen las dificultades y las necesidades de interacción con los demás.
Llegados a este nivel de profundización me pregunto, en el supuesto de que padre-profesor o madre-profesora coincidan en roles, ¿sería factible aplicar los principios anteriores sobre ellos mismos?
No sé ustedes qué opinarán al respecto, me atrevo a insinuar que, cuanto menos, complicada sería la tarea, pues exige actuar como padres con estilo democrático, estableciendo límites concretos pero siendo asertivos y mostrando actitudes positivas, de confianza y de respeto hacia sus hijos; y por otro lado, también demanda del profesor que a la vez es padre cierto control educativo y seguimiento particular de las actitudes de sus hijos ante el estudio que puede no ir paralelo al concepto de hijo que el padre ha educado en lo que a persona se refiere: conductas sociales, comportamiento individual, cualidades psicológicas, “ser persona”, en definitiva.
Suele pasarnos a los profesionales de la enseñanza, que nos encontramos con progenitores que nos vienen pidiendo un trato recto, disciplinario pues sus niños o niñas ya se tomaron la cota máxima en confianza y les es difícil el control sobre su desarrollo conductual.
Por la mente de ese padre-profesor deben pasar muchas razones por las que no funcionó su particular modelo de padre-docente ¿cómo solucionarlo? Con orientación, apoyo y renovación de la relación padres e hijos y si se hace necesario acudir a medios especializados y equipos de planificación familiar, psicólogos, etc., no debemos caer en el error de pensar: “Mi familia la controlo yo, porque después puede ser demasiado tarde”.
Es posible por tanto, que se cumpla esa afirmación de: “yo padre; yo, profesor” deducida de la unión entre ambas perspectivas, como responsable educativo o tutor y siendo también progenitor; la reflexión del adulto es crucial, de él depende el desenvolvimiento futuro en su labor profesional y social, con sus hijos y con los demás alumnos.
Ahora, si me lo permiten, voy a terminar la exposición de esta reflexión docente con este noble pensamiento que hace que, cada noche, al recordar las actuaciones acaecidas durante el día, pueda seguir indagando en mi rol social:
“Educar no es fabricar adultos según un modelo, sino liberar a cada hombre de lo que le impide ser él mismo, permitirle realizarse según su ‘genio’ singular”. (Olivier Reboul)
Por M.ª Carmen Moreno
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