Opositar hoy, todo un reto
Hola, mi nombre es… Me levanto a las siete de la mañana, desayuno, voy al trabajo, vuelvo a las tres de la tarde, almuerzo y, exhausta, agotada por la jornada laboral, me decido a coger el temido temario, cincuenta es el número de lecciones más la parte práctica, el azar me persigue diariamente, no sé si seré capaz de memorizarlos en los cuatro meses que tengo por delante, la familia me apoya, pero ya casi no llevo vida social, no me dedico ningún tiempo: ¿Estoy perdiendo mi identidad?, ¿A tanto tengo que renunciar para lograr aprobarlas?,¿Conseguiré al final el tan deseado puesto en la Administración Pública o me quedaré fuera porque no haya suficientes plazas?, ¿Seré otro interino de los miles existentes recorriendo la geografía española en busca de sustituciones inciertas?, ¿Realmente merece la pena el intento?, ¿Cuántas veces me veré en esta disyuntiva?
Sin duda, interesante reflexión que nos ayuda a realizar el retrato robot del aspirante a plaza como una persona disciplinada, constante, segura, dispuesta, flexible, organizada, motivada y con una sola idea mental: “No basta con superar las pruebas, hay que demostrar ser el mejor”.
Y vuelves a pensar: ¿Ser el mejor con cinco años de Licenciatura a las espaldas, con prácticas en empresas más que superadas, con una preparación constatada y corroborada por los mismos organismos públicos, con una dedicación plena a lo que te gusta realizar, con unos amigos que consiguieron en su momento esa plaza, con una familia que no para de recordarte que estudiaste para algo “ser funcionario”, con unas inquietudes socio-emocionales distintas a cuando eras el joven estudiante universitario, con tantas otras cosas? Pero, reincides en el intento de que hay que superarse, otorgarse prioridades, entender que aguantar el tirón significa mejorar la calidad de vida, poseer un empleo y sueldo fijo, disponer de derechos sociales y asistenciales garantizados, lograr un horario continuo incuestionable, tener vacaciones, remuneraciones extras… un marco laboral apetitoso para cualquier trabajador en activo.
¿Qué es una Oposición? Pues consiste, normalmente, en una serie de pruebas selectivas a las que opta el aspirante por su titulación y decisión personal, en una fecha decidida por el organismo público competente, con un temario común a la especialidad, el desarrollo de exámenes orales y escritos, físicos, psicotécnicos, etc., dependiendo del cuerpo al que nos dirijamos: Enseñanza, Fuerzas de Seguridad, Sanidad, Justicia, Administración Local, Estatal, Hacienda… En ocasiones, debemos añadirle una fase más, la de Concurso, la temida pesadilla para quienes aprueban y no cuentan en su currículo con los méritos necesarios que le puntúen el 40% de la nota final que supone tener o no tener la plaza definitiva.
Es muy curioso cómo el sistema de baremación existente en nuestro país otorga la máxima calificación a la experiencia profesional. ¿Qué hace el estudiante que recién finalizó la carrera y no tuvo nunca oportunidad de ejercer esa labor de policía, maestro, bombero o médico, por ejemplo, sencillamente porque no puede hasta que no entre, al menos, como personal interino? Observar cómo le aplastan literalmente el puesto miles de interinos que se colocan con menos calificación y diez años de profesión en prácticas. Así que a los pre-funcionarios nos brindan dos opciones: una, aprobar en una primera instancia por alguna que otra vacante adjudicada a los primerizos y otra, aprobar pero sin plaza con lo cual estás avocado a una bolsa de trabajo, con una lista interminable, según la nota de la última presentación y a la espera de que suene el móvil y te digan vacante en Almería, Madrid, Barcelona o Teruel. Aún así, seguimos diciendo que mentalmente el opositor debe estar lo suficiente preparado para asumir responsabilidades, situaciones estresantes, poco halagüeñas de entrada pero que, tarde o temprano ocupará el lugar que le corresponde, que se ganó a pulso, y si no fue así, sino con ayuda y enchufe, a disfrutarlo.
¿Qué deducimos de todo lo expuesto? Primero, que ser opositor no significa ser esclavo de nuestra propia mente o recluirnos en una especie de convento de clausura, ni hacer sufrir a quienes nos rodeen por un estado de ánimo apático, desconsiderado e insatisfecho; muy al contrario, se trata de marcarnos un periodo distinto en el que, que duda cabe, habrá que sacrificar ciertos hábitos inoportunos ahora, pero se puede mantener un equilibrio en actividades sociales, culturales, deportivas y familiares que nos hagan sentir mejor, con la prudencia y frecuencia que la situación requieren. ¿Es complicado? Pues sí, sinceramente, se hace cuesta arriba, sobre todo, en los días previos a las pruebas. Medios de comunicación, tribunales, preparadores, centros de formación, padres, amigos y demás organismos sociales implicados se encargarán de recordarnos el momento. Ahí empieza el reto, en saber llevarlo, los nervios no pueden traicionarte después de todo un año de vaivenes. Segundo, que el acto de opositar es una cuestión de voluntad y trabajo intelectual, un lugar de estudio fijo, cómodo, ameno, estable, con los materiales adecuados, con una planificación temporal adecuada, ejercicios de relajación, de repaso, entrenamiento diario, técnicas de estudio, sesiones simuladas, grabaciones de puntes y un largo etcétera. Si conoces perfectamente los temas, los dominas y te sientes seguro, la fuerza y la tranquilidad que necesitas para efectuar las pruebas, te acompañarán casi sin darte cuenta.
¡Llegó el momento! Ya pasaron los nervios en la presentación de solicitudes, los requisitos previos superados, los miedos y tabúes controlados, hemos puesto rostro a los miembros del tribunal, tenemos en la solapa nuestro número de aspirante, llevamos en la mano el D.N.I., el botellín del agua, el bolígrafo azul, conocemos las pautas y restricciones del formato escrito a seguir, hay una auténtica aglomeración de criaturas a la entrada de la Universidad, del Ayuntamiento, del Centro Cultural tal… que nos adjudicaron, la expectación es enorme, pero también el silencio, las atribuciones divinas, los amuletos de la suerte, el destino, tus creencias, la desesperación de no saber lo que vas a hacer, la mente en blanco. ¡Una locura!
Y en el fondo de cada aspirante, una ilusión, una esperanza, un deseo, un recuerdo al aula de antaño, un reencuentro con el compañero de facultad que hacía años que no veías, el cansancio se nota, la emoción nos invade y ahí siempre la llamada de tu madre, tu pareja, tu amigo, tu hermano alentándote y dándote ánimos antes de entrar.
Una vez en el aula y tras la bolilla de azar que marcará el inicio de los temas te toca la parte más difícil, el autocontrol, saber dónde estás y cómo actuar, no puedes salir al baño, debes mantener la calma, reorganizar ideas y ubicar mentalmente los temas, proceder a plasmar el índice, desarrollarlo o marcar la respuesta adecuada en una prueba objetiva, redactar el escrito de forma singular pero sin marcas de subjetividad porque penalizan, destacará entre los demás por la claridad, la presentación, la bibliografía, las experiencias, las anécdotas, los datos objetivos, la concisión, lo que sea. Hay que darlo todo, es ahora cuando estás solo, ya no hay preparador, ni academia, ni nadie, sólo tú, con lo que ello comporta. No es una simulación, es la realidad, estás ahí, mírate, pellízcate. ¡A por todas!
Pasan dos, tres, cuatro horas, sales a la luz, la alegría te invade, la duda te embulle, la desilusión te come, la melancolía te puede, el llanto te ahoga y… ¡un peso menos! Aunque ahí no acaba tu misión, siguen las pruebas prácticas, físicas, de exposiciones orales, la otra parte del examen.
Te dejarán unos días de descanso, serán pocos pero te sabrán a gloria. Puedes caminar por la playa, tomar un café de manera relajada, ya las tienes preparadas con antelación, sólo el último entrenamiento o repaso, te llevarán a la fecha en que se acabe este primer, segundo, tercer… intento de ser opositor. Se avecina la fase final, tienes delante a un tribunal en Magisterio, al monitor especialista en Policía, al jurista en Derecho, al Forense en Medicina, al responsable en Correos, a quien sea, vas a comerte el mundo y nadie te para. Lo das todo porque sientes que es tu oportunidad y que tengas o no suerte, vas a poner de tu parte.
Y pasan los días, te invade la duda del saber la nota, miras en Internet, te acercas al tablón de anuncios de aquel edificio, el corazón te late como nunca y… ¡aprobaste! Lloras, ríes, gritas, respiras profundamente, quieres sentir la tranquilidad de antes, respirar sin presión, salir sin agobios, dormir descansadamente, tener tiempo para satisfacer tus necesidades básicas, no estar pendiente de una fecha, sentirse libre, en definitiva. Pero lo compartes, vuelves a buscar a tus seres queridos, tus amistades, tu familia, deseas invitarles, celebrarlo, dedicarles el premio, tu triunfo a ellos. Mereció la pena intentarlo y lo volvería a hacer. Las maravillas de ser funcionario también hay que ganárselas; si no tienes “padrino”, el destino lo marcará tu propio empeño.
Desde aquí, como preparadora y en calidad de haber sentido lo que significa ser opositora animo a todas aquellas personas conscientes de que la carrera por la que todos optamos alguna vez en la vida comprende una salvedad de obstáculos que hay que superar, aparecen y desaparecen según el prisma a través del que se observen e interpreten, el éxito sobreviene al fracaso y viceversa. “Nada se gana ni se pierde, el valor de los deseos se mide por el esfuerzo personal que uno dedique al conquistarlos”.
Por M. ª Carmen Moreno
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