Más que un desayuno
¿Cuántos escolares acuden diariamente a su centro educativo sin nada en el estómago? Respuesta fácil para una cuestión compleja y digna de analizar, pues según las múltiples encuestas realizadas sobre nutrición, sólo el 7,5% de los niños españoles siguen un desayuno equilibrado, lo que significa que la comida más importante que llega a condicionar el estado psicofísico en personas de todas las edades no se efectúa o se hace de forma inadecuada, algo realmente grave si hablamos de un periodo evolutivo en el que el aporte nutritivo está en juego para los factores de crecimiento y maduración infantiles y juveniles.
Siempre me pareció que en los colegios donde los niños deben “aprender para la vida” la Educación para la Salud tratada de forma transversal y en sus distintas dimensiones (alimentación, higiene personal, seguridad, limpieza) tenía, tiene y tendrá mucho que decir al respecto, al entender que los profesionales estamos comprometidos en la creación de hábitos que se consoliden y refuercen junto a las familias de los niños. Ya desde edades tempranas los pequeños se van familiarizando con las rutinas de la merienda, el descanso, el aseo e imitan las conductas adultas: lavarse las manos, cepillarse los dientes, masticar despacio, saborear diferentes alimentos, hacer uso correcto de los utensilios y objetos implicados.. todas estas nociones están presentes igualmente en la primera comida del día, sin duda, otro momento educativo como las asignaturas básicas.
Pero ¿cuáles serán las verdaderas razones del por qué los niños llegan a no sentir esa necesidad matutina del acto de desayunar? Si durante el recreo les preguntásemos a los chavales que no suelen tomar el desayuno observaríamos cómo las respuestas serían muy variadas: “No me da tiempo”, “No tengo hambre”, “No me gusta comer tan temprano”, “Yo ya me traigo la merienda”, “Mis padres desayunan mientras yo me pongo la ropa”, “Prefiero ver un poquito más los dibujos”, “Me compran siempre algo en el quiosco antes de entrar”…
Ante esto ¿qué podemos hacer los adultos desde el centro educativo para paliar las carencias que pudiesen traer los niños a las escuelas y formales de un comportamiento alimentario y un desarrollo saludable? Primero, ser consciente y conocedor de los nutrientes y el aporte calórico necesario para cada edad. Por ejemplo, sabemos que el infante de 3 a 6 años demanda 1.800 calorías / día y será diferente a las necesidades nutricionales medias de un adolescente. A partir de ahí, observaremos a nuestro grupo de alumnos, su estado emocional, anímico, los parámetros de fuerza, resistencia y actividad que muestra a lo largo de la mañana, cuándo se muestra apático, fatigado, intranquilo, satisfecho, etc., todos estos indicadores nos marcarán las directrices a seguir en cuanto a diagnóstico, tratamiento e intervención con las familias.
Se ha demostrado que muchos de los trastornos infantiles relacionados con la alimentación, situaciones que pueden plantearse (no tiene hambre, nunca tiene suficiente, intolerancias, alergias, enfermedades crónicas y temporales) tenían su origen en una dieta pobre, inadecuada y no planificada, en la que el desayuno juega un papel crucial para empezar bien la jornada.
Nos consta que se realizan campañas sociales sobre alimentación, con lemas educativos y profundos para familiarizar al consumidor a que se haga de productos en la despensa del hogar relacionados con el primer menú: cereales, galletas, leches, jugos, zumos, cacaos, bollería, etc., pero no todas las sustancias son nutritivas, algunas resultan perjudiciales para el consumo desmesurado y fácil ante tanta variedad: azúcares añadidos, pastelería industrial, pan de bolsa, golosinas, concentrados farmacéuticos en sustitución del desayuno… nada de esto puede llegar a las manos de unos niños no responsables ni conscientes del riesgo que conlleva el seguir una ingesta sin control de estos últimos.
En muchas ocasiones, sobre todo en periodos estivales, impartiendo cursos intensivos de verano, he notado cómo los niños recurren a cualquier alimento para cubrir necesidades básicas de alimentación en el momento del tentempié a media mañana: una chocolatina, un pequeño pastelito, un caramelo con azúcar, unas patatas, unas galletas… si esto ocurre es porque no se ha realizado un desayuno equilibrado, correcto, proporcional y cuantioso al levantarse; entonces aparecen efectos contrarios: el hambre, la insatisfacción, el deseo de picar, el placer de masticar aunque sea chicle, en definitiva, de llevarse algo a la boca.
De seguir una planificación semanal y matutina de ciertos alimentos para realizar el menú del desayuno sin obviar ningún grupo de los mismos nos llevaría algún tiempo porque no estamos acostumbrados a pensar en actos que hacemos por impulso y necesidad, después sólo faltaría establecer secuencias fijas y de acuerdo a los criterios de selección seguidos. Por ejemplo, para los escolares el hecho pactar un desayuno con los padres en los que participen directamente y compartan los alimentos con sus niños en algunas sesiones ayuda bastante a que los discentes entiendan que el lunes podrán optar por el “Bollycao”, el martes tocará “fruta”, el miércoles tomarán “bocadillo”, el jueves “bizcocho casero”, el viernes “yogur” acompañados de distintas bebidas: la “leche”, el “zumo natural”, el “batido” o la “horchata”.
¿Por qué decimos todo esto y qué sentido tiene nuestra afirmación inicial “Más que un desayuno”? Pues confiamos este pensamiento en voz alta porque nos compete como profesionales el saber formar a consumidores serios, sanos y responsables de su cuerpo, los buenos comensales del desayuno del año en que estamos serán distintos a los del futuro; sin embargo, la base ha de configurarse de igual forma.
Cuando los niños desayunan con sus padres no sólo están alimentándose, además están compartiendo sensaciones de bienestar, intercambiando información, gustos, preferencias o inapetencias, manteniendo una actitud afectiva con el adulto, potenciando una dieta variada y los tutores nos estamos, como padres o educadores, adaptando a sus ritmos de aprendizaje, por eso mantengo que la idea de que enseñamos y aprendemos a comer casi sin darnos cuenta y aquí en este punto debemos insistir con objeto de organizarnos, seleccionar lo mejor, que no lo más bueno o apetecible al paladar, ofreciendo a los niños modelos viables y reales de cómo actuar ante las comidas, el desayuno no es menos.
Detrás de una pieza de fruta, un tazón de cereales con leche y unas tostadas con aceite de oliva y jamón serrano sin duda habrá más opciones de calificaciones altas, actitudes positivas ante las actividades físico-mentales que les propongamos, más energía, mejor dieta y un estado envidiable de salud en una sociedad con las enfermedades típicas del siglo: obesidad, diabetes, hipertensión, colesterol y tantas otras que acechan al organismo continuamente.
Y concluyo este artículo reflexionando sobre los procesos psicológicos, si la memoria a corto plazo, la discriminación visual, la concentración, la atención, la empatía, la sensibilidad y la afectividad, hablasen en el estómago desierto al despertar y vacío a media mañana de un/a alumno/a, nos comentarían: “El cuerpo donde habitamos carece del motor que arranca la actividad escolar en ti”.
Por M.ª Carmen Moreno
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