Las notas, un documento querido y odiado
¿Puede ser tan impactante para un estudiante mostrar las calificaciones a sus padres?, ¿Está preparado psicológicamente el alumno ante el fracaso escolar?, ¿Cómo podemos ayudarles a que superen esos traumas?, ¿Qué significa realmente obtener el preciado “5” en una asignatura?, ¿Qué papel tienen en el centro escolar tutores, equipos de ciclo y resto del personal docente ante este hecho?, ¿Siempre fue un diez sinónimo de matrícula de honor y un cuatro, de pereza y desinterés?, ¿Tienen algo que decir los padres de alumnos?
Vayamos por partes, no cabe duda que el episodio se repite al llegar el final de cada trimestre, noches sin dormir, intensa preparación de cuadernos para conseguir las últimas décimas, miedo al qué dirán porque ya sé mis puntuaciones en la mayoría de las materias pero no he comentado nada a nadie, dolores de cabeza, intranquilidad inexplicable, me estoy jugando el tipo y no me dejarán salir, cómo puedo hacer para que mi padre no se entere, se lo confiaré sólo a mi madre pero le pediré que no haga comentario alguno y un largo etcétera de pensamientos que les pasan por la mente, a los alumnos de Secundaria, Bachillerato y Segundo-Tercer Ciclos de Primaria.
Y es que “Los jóvenes de hoy carecen de lo más básico, lo más barato y lo más preciado que pueden tener: diálogo y confianza”. Si como docente, un alumno me confía que no es capaz de comunicarles a sus padres las puntuaciones obtenidas por temor a represalias, probablemente, de entrada, piense que le ocurra lo mismo en otras facetas de su existencia, relaciones sociales, necesidades físicas y psicológicas ¿por qué? Pues simplemente porque considero que si los chavales no se acercan a sus progenitores y éstos no consiguen el entendimiento necesario difícilmente se verán respaldados en sus decisiones ni apoyados en momentos menos buenos como malos periodos en su vida académica.
El perfil de un estudiante tras el proceso de evaluación puede ser muy heterogéneo, tenemos a los llamados “empollones” por los demás, a los estudiantes “medios”, a los “indiferentes” y a los “fracasados”. Esta escala pudiese admitir matices pero para ellos no, pues en función de la baremación de méritos que otorgan a sus compañeros de pupitre, se desarrollarán paralelamente sus relaciones entre iguales. Habitualmente antes de llegar el Boletín de Notas a casa pasa por diferentes etapas. La primera, el colega confidente del alumno en concreto, después, el familiar más próximo con el que comparte juegos, ratos libres y salidas los fines de semana, quedando así el flujo comunicativo más cerca del hogar y el último eslabón, el más complicado, la decisión en el núcleo de padre-madre-hermanos-abuelos de a ver a quién le digo que me han quedado, por ejemplo, seis asignaturas de diez importantes. Acabamos de describir el marco de un posible fracaso escolar posterior si se continúa en el tiempo el mismo resultado académico.
En la otra cara de la moneda, nos encontramos al buen estudiante, sabedor de sus posibilidades, comprometido con deberes, obligaciones y tareas cotidianas, confiador de experiencias, novedades, logros y dificultades cada día, en la hora del almuerzo, después de la cena, antes de acostarse… siempre encuentran el momento para transmitir aquello que llevan dentro a los padres, debido, en primera instancia, a que así se lo han hecho saber sus padres desde pequeños, es cuestión de actitud, de disciplina, de funcionalidad a la hora de convivir o simplemente, un comportamiento no adquirido sino aprendido contextualmente porque se lo han visto a personas de su círculo y tienden a imitar conductas, que en este caso, son positivas, insisten en la necesidad de entablar conversaciones con los que estamos a nuestro alrededor.
¿Qué actuaciones seguirían modelos educativos familiares actuales? Pues, dependiendo de las expectativas que esperan del proceso de enseñanza-aprendizaje de sus hijos, de profesores y orientadores, de psicólogos y asistentes sociales, la respuesta es dispar.
Tenemos, padres democráticos, tolerantes, participativos y comprensivos pese a que los resultados no sean muy buenos, dispuestos a brindarles ayuda a través de los medios que se estimen oportunos entre todos; padres que prefieren pasar desapercibidos, como si el tema no fuese con ellos, se muestran indiferentes y no reconocen su labor como educadores en este campo, es decir, las calificaciones, las observan, no las penalizan ni las aprueban, para ellos es un papel más que se firma y se guarda en el cajón de los recuerdos, no echan cuentas de la situación y no creen tener problemas algunos porque en cierto modo, se enmascara en la pareja la decisión de asumir responsabilidades como padres, se culpabilizan entre ellos y no hacen partícipes directos al niño; padres que resultan altamente restrictivos, autoritarios, disciplinados y con el lema del deber responder por los actos, no admiten errores y los castigos se hacen notar pronto, el niño no trabaja, sólo estudia y por tanto, debe responder a su quehacer trimestral, si los resultados no han sido los esperados por los cónyuges pueden pasarse horas castigados en su habitación, negarles alimentos que les gustan, actividades recreativas, lúdicas y salidas con los amigos suele ser la respuesta eminente, los niños recordarán ese momento siempre y cuando vuelvan a pasar por una situación similar, adoptarán una postura acorde a salir del paso sin pedir opinión, simplemente porque aún no olvidaron aquel día en que…
Y entonces, mejor falsificar notas, esconderlas y decir que no han llegado aún por correos, mentir, huir el bulto, en definitiva, una conducta de represión no acorde a una realidad educativa que adolece justo de grandes déficits relacionales como conductas empáticas, amables, convenientes y necesarias para cualquier aspecto educativo que se quiera desarrollar con ciertas garantías de éxito.
Después de lo anterior ¿dónde está el término medio en las relaciones edufamiliares con los hijos? Justamente en el centro de relaciones democráticas y autoritarias, o sea, en mantener el equilibrio suficiente como para poder exigirles, otorgarles responsabilidades y al mismo tiempo ser flexibles en conductas diarias que han sido aprobadas socialmente y que además se premian con miradas, respuestas adultas, participación conjunta en actividades, elecciones, decisiones que vendrán en un futuro.
Si conseguimos crear un clima dentro del proceso educativo en el cual se establezcan más ventajas que inconvenientes en cuanto a ser valorados al realizar esfuerzos, poner ánimo y sacrificio puntual en lograr no sólo el aprobado sino también el notable, los resultados vendrán sin forzarlos, a medio y largo plazo. De lo contrario, de respirar ese ambiente tenso, lleno de frustraciones, carencias comunicativas cuando intentan expresarse, no buscar nunca el momento y sólo resaltar lo que no saben hacer, que no quieren trabajar, que no se mueven o sólo pierden el tiempo… el desencadenante estará servido cuando presenten un problema y no se atrevan ni a decirnos que les está pasando.
Los maestros y maestras en calidad de tutores de grupo ejercemos esa función de coordinar el proceso de evaluación del alumnado, debiendo adoptar la decisión que proceda acerca de la promoción de los mismos, previa audiencia de sus padres y madres, pero también atender las dificultades de aprendizaje y desarrollar las actividades previstas en el plan de orientación y de acción tutorial. Por tanto, no dejemos para el final lo que debemos hacer de manera continua por parte de ningún colectivo, si ha habido malos resultados académicos es porque en el transcurso de algunos de los elementos curriculares implicados han fallado y el análisis de ello, nos dará el punto de partida que necesitamos para poder atajar el problema.
“Pensemos que detrás de esa chica, de conducta rebelde, que no confía sus experiencias educativas, que muestra aversión a las calificaciones cuando le preguntamos, que se siente injustamente valorada y que sólo espera las reprimendas con indiferencia, de buen seguro que guarda un escenario de vivencias no muy gratas y que espera de una mano tendida que sepa comprenderle y ayudarle”.
Por M.ª del Carmen Moreno Fernández
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