La vuelta al cole no tiene por qué ser un trauma infantil

ARTÍCULO 36 La vuelta al cole no tiene por qué ser un trauma infantilTodos, mayores y niños, hemos experimentado y vivenciado en múltiples ocasiones cuanto conlleva el tiempo libre y de ocio en estas prolongadas vacaciones de verano, cuerpo y mente se despejan al unísono y tienden al equilibrio emocional que no logran alcanzar en época de estrés laboral, de desasosiego por los problemas de la vida cotidiana, de tareas del colegio para los pequeños, etc. En este marco idílico de experiencias varias tantas como familias y perfiles educativos existen nos sentimos identificados en un ambiente relajado, cómodo, distendido donde parece que nunca llegará septiembre. Pues sí que llega, además, lo hace progresivamente, sin embargo, como estamos disfrutando y pasándolo bien no somos conscientes de ello, las consecuencias, ya la sabemos porque además expertos en la materia y medios de comunicación se encargan de recordarlo cada época estival.

Y es que cuando el calendario se focaliza en el día uno de septiembre todo cambia, ya los días se han acortado en claridad, los horarios cambian, al igual lo hacen hábitos alimenticios, se reduce su tiempo de ocio, toca visitar papelerías y librerías, centros comerciales repletos de gente que guarda turno para hacerse con los libros de texto y material didáctico, se vuelve a tallar a los niños para el uniforme, se inscriben a los pequeños en actividades extraescolares y se les reorganiza su plan de estudio; vamos, que volvemos nuevamente a la rutina diaria con el temido síndrome postvacacional que afecta según los especialistas al 40% de los niños de 7 a 12 años. De ahí que se recomiende retomar los hábitos del calendario escolar unos días antes de empezar el colegio para que el cambio sea paulatino y no les trastorne demasiado.

Muchos psicopedagogos coincidimos en afirmar la importancia de una actitud positiva y de la prevención de los padres como medidas sencillas que contribuyen a disminuir esas alteraciones que provocan en los niños someterse a la rigidez del horario escolar y a la obligación de hacer sus deberes, hay que transmitirles seguridad, confianza e inculcarles el entusiasmo por el inicio del curso que empiezan, si el padre o la madre entienden este hecho desde la calma y la normalidad no transmitirán el temido trauma ni se palpará un ambiente de angustia que además los niños absorben como esponjas canalizando sus sentimientos, emociones y preferencias de acuerdo a lo que han recibido.

Por otro lado, también hay que mencionar que si bien es cierto que la incorporación a la escuela influye en el desarrollo cognitivo, físico, social y motórico de los pequeños y adolescentes de casa no lo es menos el agravante económico que les sobreviene a los progenitores tras un desembolso simultáneo y reciente de hoteles, excursiones, dietas y cuantas otras actividades se desempeñen en los meses de calor, una media de 800 € por niño en concepto de materiales, vestimenta, matrículas, transporte, comedor y todo lo que a eso se le va sumando a lo largo del año que suele ser bastante, dejan sin dormir a muchos españoles en estas fechas; esta situación puede solventarse previendo gastos con antelación suficiente como para crearse un fondo destinado exclusivamente a este mes e ir ahorrando proporcionalmente el resto de meses una cantidad fija con el objeto de no verse apurado económicamente o bien solicitando ayudas y préstamos que se pagan poco a poco. No ocurre así con el periodo de adaptación de todos, pequeños y grandes al mundo escolar.

No es concebible encontrarnos los docentes los primeros días de clase niños desganados, desmotivados, tristes, sin ninguna ilusión por lo novedoso, por reencontrarse con sus compañeros, por saber de su antigua “seño”, por conocer a quien le tocó de tutora, por las modificaciones en las instalaciones, en la clase, en el material, en el patio de recreo, en los pasillos, por darles esa bienvenida que todos merecen. Si esto ocurre es que algo falla, habría que hacer un balance sociopedagógico y familiar para averiguar qué ocurre, a veces, falta de estimulación, de comunicación con los niños, de no mostrar el debido aplomo, la cercanía y comprensión necesarias para con ellos invitan a los maestros a realizar una reflexión del por qué ese niño no asiste contento como los demás. Del otro lado tenemos a niños fácilmente adaptables, de temperamento fijo pero moldeables en su conducta para con personal del centro, rápidamente se hacen notar, quieren que su vuelta sea positiva, se les ve en la cara una sonrisa y un semblante adecuado a las circunstancias, sus padres se han despedido de ellos debidamente en la puerta contrarrestando los efectos de la angustia por separación, la afectuosidad es relevante y pocos episodios de nerviosismo o enfado aflorarán en ellos.

¿Dónde está la diferencia? Probablemente antes de llegar septiembre ya han vivido días previos aclimatándose al ritmo de horario habitual de clase, los padres les han levantado temprano, se han ido a la cama a una hora prudente, están desayunando con ellos, dialogan, les hablan, preparan sus mochilas juntos, simulan ese contexto que está por llegar, muestran interés por las actividades que realizan algo que a lo mejor, en vacaciones dejaron un poco más al margen, con juegos libres, espontáneos y no dirigidos. No se trata de pasar de un estilo democrático a uno autoritario de repente, no, sino de mostrar equilibrio y un balance positivo de lo que se han divertido para así recordar ese momento y que les de empuje necesario para iniciar sus clases con ganas, de esta forma valoran el esfuerzo casi sin darse cuenta.

Enlazando el comentario anterior proponemos una medida fácil de llevar a cabo y es que durante el verano no se rompa totalmente ese ritmo de trabajo constante y se les asignen tareas, responsabilidades, situaciones en las que tengan que tomar la iniciativa y tener la suficiente autonomía para desempeñarlas sin ayuda, ellos mismos deben saber marcarse unos periodos de actividad y descanso, además pueden evolutivamente hacerlo a partir de 4-5 años de edad. Es curioso observar cómo pequeños nos piden cuadernillos de trabajo, regar las plantas, ayudar a papi a limpiar el coche, poner la mesa de casa, eso obviamente no surge de la nada, detrás hay toda una labor familiar de expectativas positivas, de disciplina, control y afecto al mismo tiempo para que se consoliden buenos hábitos en sus hijos; de lo contrario, si se deja al azar acciones y competencias en ese contexto educativo sea escuela o familia, las consecuencias negativas no se harán de esperar mucho, después no es que no podamos volver a controlar la situación, simplemente nos costará más trabajo y deberemos recurrir a profesionales que nos echen una mano.

Independientemente de lo que opinen pedagogos y psicólogos desde mi punto de vista como docente creo y estoy convencida de que si le hemos escuchado, hemos compartido con ellos lecturas, actividades, responsabilidades, juegos, ideas, hemos asumido reglas y tareas menos lúdicas pero se han compaginado, cuando llegue septiembre será otro mes más del año con nuevas inquietudes a poner en marcha entre padres-niños-docentes pues esta relación es triádica, consensuada, participativa, de colaboración y coordinación que ha de asumirse desde la madurez, el entendimiento y la ilusión que se ve en las pupilas de muchos niños al pasar ese portón característico de cualquier escuela de nuestro país.

“El docente de verdad, de vocación, que siente su profesión como un continuo ir y venir de relaciones interactivas entre los componentes del sistema educativo no puede disimular esa emoción que se siente al volver a escuchar ese bullicio escolar en el patio de recreo y al abrir esa puerta de aula asignada cada curso escolar”.

 Por M.ª del Carmen Moreno Fernández

 

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