La adolescencia ¿una etapa difícil?
Suele ser común escuchar frases del tipo “es muy difícil convivir con él”, “siempre se encara conmigo”, “no consigo que me ayude en las tareas de casa”, “sólo tiene amigos, móvil y portátil”, “no obedece ni con castigos”, “¿consentir o prohibir?”, “¿soy autoritario o amigo?”. Tal vez porque ya no nos acordamos de que todos pasamos por dicho periodo evolutivo, lo que ocurre es que ahora nos vemos desde otra perspectiva, la de atender esas necesidades y demandas de nuestros hijos al tiempo que educarles y conformarles una personalidad responsable, autónoma y asertiva ejerciendo como padres, educadores, sanitarios, asistentes, tutores, familiares, psicólogos, orientadores, etcétera.
Efectivamente, la adolescencia marca una etapa trascendental entre la pérdida de la infancia y el inicio de la pubertad con rasgos definidores que acentúan el carácter transformador y cambiante. La aparición de los caracteres sexuales secundarios, la primera eyaculación o el inicio de la menstruación, los desarreglos emotivos, los efectos de la angustia (agresividad, miedo al ridículo, depresión, timidez extrema, rechazo a las manifestaciones de afecto), la inseguridad junto a la aparición de ciertas psicopatologías como conductas centradas en el propio cuerpo, inhibición intelectual, fobias escolares, aburrimiento, apatía hacia los estudios, indiferencia, pasotismo, sentimientos de inferioridad y culpabilidad a la vez que cierta dificultad para mantener relaciones sociales con los adultos… resultan conductas que hacen difícil una comunicación fluida necesaria con aquellas personas que les rodean independientemente de la relación que tengan con amigos e iguales.
Por un lado, los progenitores conciben la idea de que sus descendientes puedan gozar de todo aquello que ellos por circunstancias personales no tuvieron en su momento, buenos estudios, recursos y tecnología, espacios, tiempo libre y de ocio, relaciones sociales fructíferas, viajes, formación complementaria y extraescolar, medios de comunicación y de transporte, pagas semanales, diversión y tantas otras cosas pero simultáneamente a esta concepción vital relativamente fácil y cómoda, que se le brinda sin pedirle nada a cambio, los jóvenes deben entender que tienen ciertos límites, deben establecerse normas de participación y cumplimiento, límites claros en cuanto a comportamiento y formas de actuar según las circunstancias y aprendidas, evidentemente, primero, en el marco familiar, después, continuadas en el escolar y por último, en la sociedad misma.
De otra parte, se encuentran los profesionales de la enseñanza dedicados y comprometidos a conformar la personalidad de los chavales que de fraguarse con éxito, sentarían las bases socio-afectivas e intelectuales del futuro.
En esta labor social tienen que contar con el apoyo de cuantos organismos públicos están al servicio de los ciudadanos, orientarles, guiarles, criarles y educarles, luego, instituciones como la familia, el contexto inmediato, la escuela, el instituto, el barrio y la localidad intervienen, de alguna manera, en ese desarrollo del adolescente.
¿Qué ocurre entonces?, ¿Por qué es tan difícil que dos generaciones adultos-jóvenes se entiendan?, ¿Somos protectores?, ¿Demasiado disciplinarios?, ¿No tenemos término medio?, ¿Nos sentimos preparados para educar?, ¿Nos estaremos apoyando en prejuicios, ideas y experiencias propias?, ¿Debemos y cuándo acudir a expertos?
Si damos solución a estas cuestiones estaremos proponiendo alternativas viables que garanticen un mínimo de condiciones para que se dé esa relación estable, fluida, necesaria que estamos esperando.
No piensa igual un adulto que un niño, tampoco sus demandas afectivas, cognitivas, sociales, físicas y sensoriales son las mismas. Estamos ante disparidades de opiniones altamente contrastadas por célebres psicólogos (Piaget, Freud, Vigotsky, Gagné, Ausubel). Nada más tenemos que oír las noticias, echar un vistazo a la prensa, leer artículos en Internet, vivenciar acontecimientos del entorno, atender las opiniones de psicopedagogos escolares para tomar conciencia y sensibilizarnos con el medio social.
Problemas frecuentes entre jóvenes que pasan por el estadio denominado de las Operaciones Formales llegan diariamente a oídos y retinas, a saber, el consumo de alcohol, el acoso escolar, los embarazos no deseados, los trastornos de imagen y alimentación, los malos tratos, las problemáticas derivadas del mal uso de Internet, las sectas y socio-adicciones, la depresión y los trastornos emocionales, los accidentes de tráfico.
Tampoco podemos hacer caso omiso cuando escuchamos a los padres decir que no conocen a sus hijos, que no se pueden comunicar con ellos, no responde a una realidad educativa acorde a los tiempos y a una personalidad que se espera, sana, equilibrada, no vulnerable, competitiva y responsable.
Algunas recomendaciones que podemos realizar para contribuir a una mejor relación entre padres-adolescentes, educadores-jóvenes, adultos-chicos podrían ser, entre otras: hacer averiguaciones, no esconderse ante un problema de conducta, no preocuparse por un comportamiento normal ni minusvalorar una conducta de riesgo, necesitarán de autoridad en forma de normas, referentes, límites y correcciones, evadir la respuesta “todo vale”, realizar sentadas periódicas para conversar con sus niños de todo, no caer en extremos para convivir con ellos “que no sufra” ni tampoco “déjalo que disfrute ahora que puede”, las relaciones premios-castigos para reforzar conductas suelen ser positivas si se establecen límites precisos y consensuados por todos, los niños deben tener responsabilidades y colaborar en el hogar, nosotros respetaremos en lo posible su privacidad, tomándole en serio, explicándole siempre el porqué de nuestras actuaciones para con ellos, mostrándoles cercanía, afecto incondicional, existe un lema al respecto, si le quiere, dígaselo y demuéstreselo.
Con respecto al ámbito escolar hay que tener en cuenta que los tres primeros años son claves en su desarrollo posterior, el niño aquí es como una esponja, absorbe las primeras nociones motrices, temporales, espaciales, cognitivas, sensoriales, afectivas en hábitos y actitudes (higiene personal, limpieza, cumplimiento de horarios, establecimiento de normas, exigencia, solidaridad y esfuerzo).
El estilo que sigamos a la hora de educarles dependerá de la concepción que tengamos, de los conocimientos de su evolución, de nuestra propia educación, de medios de que dispongamos, de la participación de otros profesionales y familiares, de la coordinación familia-escuela, del propio niño, de su desarrollo, de nuestra atención y responsabilidad a sus necesidades.
Conformar una personalidad infantil hacia una adulta con todos los patrones definidos, con una garantía de éxito personal y social no es tarea fácil, depende del esfuerzo de todos.
Nos quedamos ahora con una frase célebre que resume, en gran medida, todo cuanto hemos comentado en este artículo, las incongruencias, los avatares, los vaivenes de las relaciones entre adolescentes y adultos, hagamos de esta reflexión una forma de vida para atajar las posibles vicisitudes que surjan en nuestros entornos familiares: “La adolescencia es como una casa en tiempo de mudanza: un desorden temporal”. (Julius Warren)
Por M. ª Carmen Moreno
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