Importancia del Apoyo Escolar en verano
¿Cómo les explicamos a los padres la necesidad de reforzar durante el verano destrezas tan básicas como comprensión lectora, experiencias lógico-matemáticas, caligrafía o simplemente el hábito de colaborar y seguirles un plan de estudio sencillo, rápido, eficaz y motivador durante estos días veraniegos? Tarea nada fácil para quienes nos dedicamos a la enseñanza, porque se les transmite erróneamente la idea de que si van bien en el colegio obtienen premios y sólo quedan los libros típicos de editoriales veraniegas archiconocidas para aquellos que no sacaron buenas calificaciones al finalizar el curso.
Nada más lejos de la realidad, numerosos estudios sobre atención a las nee demuestran que destrezas mecánico-psicológicas implícitas en la legibilidad de la letra se ven mermadas durante un periodo de descanso prolongado en el que no se agilizan ni trabajan áreas específicas en cuestión, el trazo, la linealidad, el tamaño, el denominado formato y/o estilo manuscrito; de ahí que sean cada vez más frecuentes a principios de septiembre la trascripción en la agenda de notas referentes a cómo ha empeorado la letra, el olvido de las tablas de multiplicar, de procesos en operaciones habituales como restar con llevadas o división además de agilidad en la lectura son las dificultades de aprendizaje con las que el docente se vuelve a encontrar nada más iniciar el nuevo año académico.
¿Y necesariamente deben pasar estos alumnos por clases particulares si no tienen que recuperar en septiembre alguna de las asignaturas pendientes? Pues no, un familiar, un conocido, un amigo, una persona adulta que conviva con ellos podría ayudarles con breves indicaciones que les guíen en el mantenimiento del perfil académico también en verano ¿de qué forma? Pues, primeramente estableciendo unas pautas claras de juego, disfrute y tiempo libre alejados de las horas en que deben trabajar que irían en aumento progresivo atendiendo a parámetros como edad, personalidad concreta, etc. Por ejemplo, un niño de seis a nueve años puede perfectamente cubrir una horita de estudio diario y el resto combinarlo con sus padres o tutores en la forma que crean conveniente, nunca hacerles ver la utilidad de estos ejercicios de manera obligada sino sentándonos previamente a hablar con ellos, lo entenderán perfectamente con un diálogo adecuado y cercano a sus inquietudes: “Mañana iremos al parque de atracciones justo cuando papá termine sus tareas y tú acabes también las tuyas”; “Mira intenta hacer esta página, yo te ayudo en lo que no entiendas, pregúntame, después nos iremos a la piscina”; “¡Qué bien estás trabajando hoy!”. Esto suena muy agradable y bonito pero ¿lo es igualmente la realidad familiar con la que nos encontramos? Normalmente no, en el caso de que contemos con ambos progenitores para su formación y un estilo educativo asertivo que inmiscuya al niño como protagonista directo en su propia educación será más llevadero; sin embargo, el día a día nos hace partícipes de múltiples circunstancias y situaciones sociofamiliares que plantearán de entrada ciertas complicaciones, aunque todo dependerá de la filosofía con que se trate cada caso en particular, lo importante del planteamiento didáctico para con los niños es hacerles conscientes de la necesidad de que se sientan útiles, presenten sus trabajos, se esfuercen, se responsabilicen en pequeñas tareas del ambiente doméstico, se interesen por las actividades que desempeñen sus padres, hermanos y aprendan entre todos a valorarlas y respetarlas, les proporcionará autoestima positiva, confianza, autonomía y seguridad en ellos mismos.
En el supuesto de niños mayores procedentes de la Educación Secundaria las expectativas varían en cuanto a motivación, interés y disciplina se refieren. El perfil del estudiante fracasado, con aires de indiferencia, pasotismo y dejadez en sus estudios no debe conducirnos a la utopía de los temidos comentarios: “Estos jóvenes no tiene arreglo”, “¡Cómo van a sacar en dos meses lo que no fueron capaz de hacer en un año!”, “No vamos a pagarles clases particulares cuando han estado perdiendo el tiempo”… ni tampoco a los castigos severos de tipo materialistas que no hacen más que reforzar conductas en temperamentos difíciles por la vida escolar que han seguido. ¿De qué modo podríamos atajar el problema que confían los padres de un chaval de quince años con nueve suspensos de once materias cursadas? Fácil no es, la verdad, pensemos en cuántos pequeños fracasos han ido aconteciendo y a los que no se les prestó atención en su momento, ahora no habría que lamentarse sino atajarlos desde raíz, que tiene que repetir curso pues lo hará seguramente, pero, de entrada, hay que exigirles, no dejarles como cosa perdida ni mucho menos lamentarnos delante de ellos en plan despectivo: “¡Mira el vecino, igualito que tú!”, “Vaya manera de pasear la mochila”, “¡Y para eso te matriculé yo en ese Instituto”, entre otros. Está claro que estos casos se van de las manos a quienes conviven con ellos y que la solución pasa por un centro de formación o academia donde establezcan parámetros diferenciados dentro de un planning semanal de estudio que se fije objetivos a muy corto plazo, sólo así el seguimiento será significativo y real por parte del alumno que es quien debe implicarse al máximo pero antes sería conveniente que pasase por un gabinete de orientación psicopedagógico que hiciera un informe del perfil personal y trayectoria académica del chico o la chica que tiene frente a él, a veces es más cuestión de desgana, falta de reconocimiento de sus logros que otra cosa.
¿Por qué será que a los docentes los pequeños, medianos y adolescentes nos hablan sinceramente, es más, nos cuentan sus prioridades, sus anécdotas, como si fuésemos algo más? La clave está en acercarse a ellos, tímidos, conformistas, inquietos, revoltosos, hiperactivos… todos coinciden en lo mismo buscan a una persona que les atienda, que les escuche, que les dedique tiempo, una vez consiguen captar su atención, el proceso se invierte y es el docente quien con sus técnicas y habilidades aprovecha la ocasión para marcarles unas pautas de aprendizaje, de autoevaluación, de refuerzo en actividades complementarias dependiendo de lo que se quiera conseguir; es curioso como detrás de conductas asertivas con extraños, de profunda empatía hay exceso de protección o al contrario, falta de cariño y atención por parte de progenitores y adultos cercanos sean los motivos cuales fueren sin entrar a debate social.
Por eso, apostamos por un verano activo, dinámico, divertido, vivo y participativo en tareas múltiples donde se llegue al cansancio físico no por estar jugando todo el día sino por introducir variaciones en los ejercicios que se le propongan, se nos ocurren muchas combinaciones: colaboración en tareas domésticas rutinarias, baño en la piscina, cuidado de una mascota, realización de tareas concretas de las cuatro áreas instrumentales, comprensión, expresión, lectura y escritura, fichas específicas adaptadas sobre todo de Lengua/Matemáticas, paseo por la playa, lectura de algún libro que les sugiera curiosidad, salida con los amigos, visionado de películas compartidas con amigos y familiares, visitas a lugares nuevos para ellos como incentivo a su trabajo y esfuerzo; no sé, seguro que padres y madres al conocerles esto no sea un ejerció de reflexión para vosotros, se pueden hacer cosas con ellos algunas muy divertidas para las que no tenemos tiempo el resto del año.
“La imagen de antaño de colegio cerrado, patio de recreo vacío y sin coches a su alrededor nos demuestra el corte sustancial que sufre emocionalmente el pequeño al desconectar de ese ritmo a finales de junio, simplemente con mantenerlo ocupado, desarrollando actividades similares pero desde el descanso de no madrugar y con el escenario festivo propio del verano le crea una coraza de protección y alivio al sentirse de nuevo en su entorno familiar y volver con ese ánimo necesario a principios de septiembre cuando, ya sí, cobran todo su esplendor los rincones de la escuela”.
Por M.ª del Carmen Moreno Fernández
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