Importancia del afecto en el desarrollo de la personalidad

IMPORTANCIA DEL AFECTO EN EL DESARROLLO DE LA PERSONALIDAD 300x204 Importancia del afecto en el desarrollo de la personalidadA lo largo de nuestras vidas todos hemos sentido esa necesidad de contacto directo con la persona, de miradas, de sonrisas, de llanto, de sorpresa, de caricia, de cariño, de mimo, de ternura, de afecto, en definitiva, de comunicarnos de una forma privilegiada con alguien que nos ha sabido transmitir fuerza, carisma, emociones, sentimientos, pensamientos y actitudes que perduran más allá del espacio y del tiempo.  

¿Quiénes pueden ser esas personas? Indiscutiblemente, un padre, una madre, un hermano, un abuelo, una tita, una madrina, etcétera. Por eso, las primeras emociones innatas se convierten en conductas de apego y el niño las activa cuando advierte situaciones amenazantes, cuando siente que le separan de ese vínculo afectivo, que es quien le da seguridad.

¿Por qué para un niño es tan crucial sentirse querido, valorado y protegido? Porque el apego, por sí solo ya cumple unas funciones básicas. Le cubre sus necesidades biológicas primarias, le permite contactar con el mundo que les rodea, superar miedos y angustias, es fuente de estimulación y favorece la salud psicofísica al crear en el pequeño estabilidad y armonía.

¿Qué pautas de intervención realizamos los profesionales de Educación Infantil, sobre todo, para intervenir positivamente en relación a las figuras de apego? Pues establecemos contactos frecuentes de tal forma que sea posible el intercambio de información relativa a la evolución del proceso de adaptación de los niños al colegio, procuramos que ésta sea de calidad en cuanto a que nosotros también debemos practicar con padres y madres las habilidades sociales que pretendemos educar en nuestros alumnos: escucha activa, empatía, asertividad y feedback, desde luego intentamos que exista coherencia educativa entre los principios educativos de la escuela y el estilo que eligieron sus padres: autoritario, permisivo, indiferente, democrático.

Sin embargo, no es tarea fácil, pensemos en un aula con una ratio de veinticinco escolares donde hay que evitar los castigos relacionados con la separación de amigos, los aislamientos prolongados, las expulsiones de los espacios comunes para no generarles sentimientos de culpa y además, convivir con los conflictos habituales en esta etapa, respetar el turno de palabra, usar el diálogo para resolver los problemas de comunicación, materiales, participación en juegos y actividades, realizar asambleas periódicas para intercambiar puntos de vista y tratar asuntos relacionados con la afectividad pueden ayudarnos y de hecho, suele ser un recurso al que acudimos con frecuencia a la hora de consolidar normas y hábitos consensuados por todos.

Puede ser un caos si no estamos preparados, el profesor además de estar formado, ha de tener esa capacidad de escucha y disponibilidad activa para corregir, acentuar, eliminar y potenciar cuantas habilidades sociales sean necesarias.

Siempre tendremos en cuenta que partimos de un bebé que va creciendo y desarrollándose física y psicológicamente, que ya vendrá además de con un pan debajo del brazo, como manifiesta ese dicho popular, con un temperamento genético, estable y evidente desde el nacimiento, a modo de estilo único y diferente del resto, que describirá una manera de enfrentarse ante determinadas situaciones y que conformarán tres parámetros fundamentales, la emocionalidad, la actividad y la sociabilidad.

De ahí por ejemplo, que en un mismo contexto como puede ser el de balancearse en un columpio, dos bebés reaccionen con conductas distintas: uno se muestre alegre mientras que el otro permanece tranquilo e incluso dormirse. Por eso, no hay dos hermanos iguales en cuanto a rasgos temperamentales aunque sí que pueden coincidir en carácter pues éste está determinado por influencia de estímulos y circunstancias externas, valores que los escolares adquieren dentro de un proceso de socialización afectiva.

Decimos que el afecto es el estado de ánimo con el que el niño o niña se enfrenta a los acontecimientos y personas. Educadores, familiares, maestros y profesores deberán intentar que los niños desarrollen una personalidad lo más completa y fructífera posible, en el sentido de brindarles oportunidades para que se relacionen, comuniquen y se manifiesten expresivamente hablando, se sienta comprendido, reconocido y valorado, algo que sabemos se generaliza y extrapola a los adultos.

¿Qué ocurre cuando en clase tenemos alumnos desmotivados, desganados, tristes, desilusionados, continuamente enfadados, insatisfechos y demandantes de atención continua? Probablemente, que en el fondo de esta cuestión tengamos una respuesta de falta de estimulación afectiva, a veces, la falta de entendimiento con los críos, la sobrevaloración, el nacimiento de un hermanito, la vivencia de una separación, ausencia de un ser querido, fallecimiento de un familiar, un hecho de superprotección o por el contrario, la muestra de indiferencia, las prisas, el estrés o el desconcierto por no atenderles como en ocasiones quisiéramos, debido a las circunstancias que nos rodean, nos llevan a pararnos, sentarnos a pensar y decidir cómo actuar, a quién pedir ayuda, etcétera.

Los preescolares, escolares y adolescentes requieren todos por igual cierta atención a sus estados afectivos dinámicos que son las necesidades biológicas y motivacionales y a los estáticos, sentimientos y emociones.

Así, van aprendiendo a autorregular su comportamiento, a canalizar sus manifestaciones de comunicación afectiva, el llanto, el enfado, el miedo, la ira, el agrado, el gozo, el placer… las experimentan en diversas situaciones, hasta llegar a conocerse, es lo que se llama identidad individual. La siguiente etapa vendrá marcada por la configuración de la autoestima para terminar en la extensión de sí mismo o autoimagen. ¿Qué queremos decir con todo esto? Por ejemplo, que dependiendo de cómo los demás nos aprecien, nos hagan sentir momentos, de la forma en que empaticemos, de la conquista de la autonomía y del autocontrol, su desarrollo personal se verá favorecido o no por el entorno que le rodee, condicionando en gran medida también, su proceso de aprendizaje.

El equilibrio emocional que tenga un maestro, un padre, una maestra, una madre, será crucial para el proceso de socialización y desarrollo integral de la personalidad del grupo de alumnos que nos adjudiquen. Ellos imitan una actitud, un modelo moral, unas reglas que entre todos podemos elaborar, penalizan con sanciones y verbalizaciones a los demás compañeros cuando juegan, incumplen unas instrucciones, les cogen sus materiales sin permiso, discuten en el recreo y más ejemplos que nos indican que si no existe coherencia interna en nuestro quehacer diario, el equilibrio entre actitud y disposición se verá obstaculizado.

Yo no puedo pedir a un chaval que se manifieste con el diálogo y no pelee con su igual si me expreso inadecuadamente ante un compañero de profesión o el jefe de estudios, tendré disparidades pero mantendré las formas en todo momento y me expresaré debidamente.

¿Qué principios seguiremos desde el centro? Pues los de afecto y relación, autonomía, coherencia educativa e individualización, evitando la dependencia excesiva, dejándole elegir, que asuman responsabilidades en las tareas desde pequeños, que participen, escuchen, vivencien y se expresen con los recursos de que dispongamos.

Pero, personalmente, me quedo con la idea de que el desarrollo de las capacidades afectivas nos ocupa toda una vida y que su correcta consolidación depende del clima que creamos a nuestro alrededor.

La escuela y la familia son dos contextos de socialización que tienen bastante que aportar y que ayudarse mutuamente, caminan de la mano hacia las actitudes positivas que deseamos establecer satisfactoriamente en ámbitos cada vez más amplios, es difícil, articular intereses, puntos de vista y aportaciones propias con las de los demás en la sociedad actual, el reto está en intentarlo, aprender a ser persona, esa es la asignatura pendiente del ser humano a lo largo de su existencia, la que le da más quebraderos de cabeza, aquella que le hace pensar cuando actúa bien, regular o mal.

No hay más que añadir por nuestra parte a este artículo sino una curiosa cita que nos ofrecía Rojas Marcos y que decía así: “Tener personalidad significa haber desarrollado unas capacidades emocionales y sociales específicas; de tal forma que podemos encontrar a personas que tienen magia interior, bien sea por su vitalidad y dinamismo arrollador o bien por su actitud pacífica, sosegada, serena, llena de calma. Se identifica con su forma de estar y de plantearse la vida; por lo tanto, la característica fundamental de la personalidad buena es llegar a adquirir seguridad en uno mismo, autonomía, rasgo que nos dota de estabilidad, fuerza y naturalidad”. 

Por M.ª del Carmen Moreno Fernández

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