Igualdad de género, ¿un sueño?
Casos informativos y conceptos del tipo: “Un nuevo caso de violencia doméstica”, “Explotación infantil”, “Acusado de abusar de..”,“Discriminación sexista”, “Violación de los derechos fundamentales de la mujer”, “Movimientos feministas”, “Igualdad de oportunidades” “Machismo”, “Coeducación”, “Educación mixta”, “Roles sociales” “Maltrato”, “Injusticia”, “Estereotipos”… están tan presentes en nuestra realidad social que ya casi, de modo inhumano, pasan desapercibidos cuando oímos o vemos noticias en los diarios relacionadas con ello, quizá, porque no nos sentimos capaces de frenar la lacra social de distinción de sexos que nos invade en el sentido de que no acabamos de entender la diferenciación como algo enriquecedor, complementario y positivo, sino todo lo contrario, desde la rivalidad, la competencia y el egoísmo que quedan palpables en muchas de nuestras manifestaciones diarias y lo que es peor, no somos conscientes de ello. Pasemos a analizarnos en este artículo que hemos denominado así con el objeto de que, precisamente, reflexionemos qué está ocurriendo y cómo nos afecta.
Hemos decidido enfocarlo como una afirmación que empieza en el momento de que tomo conciencia de la adquisición de identidad sexual y el rol de género. Yo ya nazco predeterminado como el programa del ordenador, la sociedad me pide que me comporte de una manera prevista, casi universal, inequívoca, son los estereotipos que utiliza la familia, por un lado y la cultura, por otro, referidos al género masculino y al femenino. Los niños, que no lloren porque si no, no son hombres, si duermen mal se atribuye a su vivacidad, se estimulan juegos bruscos, se les inhiben los signos de afecto, se potencia el aire libre, la exploración, se les permite ser agresivos, se potencian juegos relacionados con el mundo del trabajo, del liderazgo, de la superioridad… Las niñas, sin embargo, tienen que sentirse protegidas por el hermanito mayor, se las reprime cuando se defienden por sí solas, se las educa para el hogar, se potencian los signos de afecto, deben ser amables, cariñosas, receptivas, no deben jugar con los niños, sus actividades lúdicas van encaminadas al desempeño de tareas que después realizarán en la vida adulta, ser mamás responsables, ser cuidadoras, enfermeras, asistentas…
Es cierto, para bien de todos, que algunas cosas están cambiando pero no debemos taparnos los ojos y dejarnos llevar por la utopía porque sea un tema delicado. Se nace “macho” o “hembra”, el llamado dimorfismo sexual que tiene relación directa con la genitalidad y la procreación, pero, después, se debe educar en la tolerancia y el respeto a la diferencia. Ahora me pregunto, yo como madre: ¿Estoy en posesión de encaminar hacia la igualdad de oportunidades para mis hijos?, ¿Cómo debo proceder?, ¿La escuela me ayudará en esta labor? Pasemos a dar respuesta a estas preguntas no sin antes aclarar el término tan amplio que abarca la igualdad de sexos.
Con el término coeducación nos hemos referido al comportamiento educativo que pretendemos en nuestros chavales formando parte de la Educación sexual que es mucho más amplia y abarca desde el ámbito afectivo, el constructivo de roles de sexo y de género y el aprendizaje vicario por modelos. Nosotros trataremos de explicarles qué estrategias tenemos para evitar las discriminaciones de género desde la escuela, con un sentido pedagógico, del otro lado, la sociedad se encargará de transmitirle modelos reales (familiares, educadores, amigos), intermediarios (juguetes, vestidos, adornos), simbólicos (cuentos, libros, videos, programas de televisión, publicidad) y ejemplares (personajes famosos e influyentes) con los que pronto se identifican el niño y la niña.
Las familias siempre podemos ayudar en esa lucha que no debiera existir hacia la igualdad de oportunidades entre ambos sexos. Los niños, que no así las niñas, adquieren una satisfacción personal precoz al valorársele por encima con las correspondientes ventajas sobre el rol femenino. También hay que considerar el núcleo donde el niño y la niña viven, los niños cuyos padres son profesionales y trabajan fuera de casa o se reparten las tareas domésticas (mamá y papá nos cuidan, hacen la colada, cocinan, recogen sus cosas, nos llevan al cole, nos sacan a pasear, tiran la basura…), tipifican los roles de forma menos rígida y agresiva, más igualitaria que aquellos que los padres reproducen los roles tradicionales (mamá limpia, trabaja fuera de casa, nos cuida, hace la compra y atiende a papá, papá trabaja, ve la tele, descansa, ordena a mamá y a la hermana…).
Si desde la infancia no se realiza distinción ninguna en cuestión de asignarles roles específicos, tareas del hogar, calificativos que no tienen sentido y además se educa en tolerancia e igualdad de oportunidades (elegir carrera, trabajar por igual en el hogar, seleccionar juguetes según gustos y no dejarse llevar por atribuciones sociales, compartir vivencias y no aislar, trato justo en el registro lingüístico, sin tabúes ni mitos innecesarios…) todo irá mucho mejor, porque, después ellos en la escuela, en el trabajo cuando sean mayores y en la propia sociedad, si bien los valores no siempre coincidirán, tendrán la opción de defenderse, de comunicarse críticamente, de opinar, de sentirse escuchados y respetados por los demás, de juzgar y no sólo ser valorados. Las relaciones solidarias y coordinadas entre papá-mamá, el tratamiento de la paternidad-maternidad como tarea compartida y la corresponsabilidad en el cuidado, alimentación y educación van encaminadas a la educación en igualdad de condiciones.
Al llegar el pequeño a la institución escolar ya trae consigo una serie de valores internalizados adquiridos en el marco familiar que son difíciles de sopesar, eliminar o contrarrestar, sólo con modelos viables de ejemplificación y de medidas que atiendan a la intervención indirectamente podremos conseguirlo.
¿Qué estrategias educativas pueden llevarse a cabo para evitar las discriminaciones de género en los colegios? Empecemos comentando las actitudes del profesorado, siempre nos apoyamos en el lema “para mí todos son iguales” y al expresar abiertamente una intervención de este tipo parece que hay otros que son desiguales, hay que tener cuidado con el lenguaje, al referirnos a las alumnas usamos: guapa, hermosa, pequeña, buena… y al alumno: grande, malo, bruto, inquieto y un menor número de diminutivos. En cuanto a las actuaciones debemos igualmente actuar con cautela, por ejemplo, revisar los cuentos y el material didáctico, realizar modificaciones en impresos e informaciones administrativas donde aparezcan explicitadas: maestras, directoras, madres y alumnas, grabar las interacciones con niños o niñas por parte del profesorado, valorar positivamente a los dos sexos los logros que van consiguiendo, evitar la sobreprotección o la exigencia excesiva en la adquisición de hábitos de autonomía personal y de convivencia.
No hay que limitar la autonomía de las niñas por prejuicios, ni su desarrollo corporal al ámbito de lo armonioso y estético como cualidades propias de lo femenino, ello mermaría su autoestima. Ambos sexos cuando trabajemos actividades de dramatización y expresión corporal deberán manifestarse tal cual, aceptando su cuerpo, superando el binomino cultural sexo fuerte-sexo débil, recogiendo entre todos la clase, participando por igual en el rincón de la casita, aprendiendo a expresar sus sentimientos sin recelos ni apreciaciones ridículas, analizando juntos los anuncios publicitarios infantiles y desmitificando gestos, posturas, palabras, comportamientos impropios.
Programaciones didácticas con el desarrollo unidades tituladas “Las familias de la clase”, “Mamá y papá”, “Mi juguete-juego preferido es…”, “Puedo ayudar a mis amigos”, “Actividades al aire libre”, “Vamos a medias”, “Elige-Programa de Orientación Laboral”, “El sueño de Laura”,“Cuidamos nuestro cuerpo”, así como hacerles eco de las distintas celebraciones y manifestaciones “Declaración de los Derechos de la Mujer”, “Día Internacional de la Mujer Trabajadora”, “Día Internacional contra la violencia de género” para que tomen conciencia de la realidad y sepan distinguir desde su nivel madurativo que las diferencias están en las mentes de la gente y no en la realidad, de este modo, generacionalmente, se irán destapando tabúes y desmitificando lacras sociales que deben desaparecer.
Terminamos este debate, que parece no tener fin en nuestra sociedad, con el célebre pensamiento de un gran filósofo: “El hombre no es más que lo que la educación hace de él”. (Kant)
Por M.ª del Carmen Moreno Fernández

