“He regalado un móvil a mi hijo”
Que duda cabe que todos nos dejamos llevar por la moda, la tecnología, la investigación, la experimentación, la curiosidad, la tendencia actual de la imagen, la posesión por seguir un modelo estándar en el que parece que si no accedemos a tal servicio, no nos hacemos con lo más moderno, no estamos quedando obsoletos, desfasados y fuera de juego. Nada de esto sería tremendo si me refiero a un público adulto, con capacidad de elegir, de promover hábitos de autocontrol sanos y equilibrados. No obstante, no podemos decir lo mismo de la etapa infantil y juvenil, a los niños les apasiona, les atrae el mundo de los juegos, en ese espacio virtual, atractivo se hace un hueco casi de mascota el móvil.
¿Qué usos le dan los adolescentes? Muchos, en la actualidad, juegan, envían SMS, toman fotos, graban imágenes, descargan música, acceden a Internet, quedan con sus amistades y algo que llama poderosamente la atención, han creado una jerga lingüística especial que les suena a chino a los padres y que los alejan aun más del origen para el que fue regalado o comprado al niño, para que les llamase en momentos puntuales, ante una emergencia… Es decir, aunque parezca contradictorio, pensamos que al entregarle un móvil a nuestros niños los tendremos más controlados y nos alejan más de ellos.
Pienso que la cuestión no está en convertirse en detective de los adolescentes sino en hacerles partícipes responsables de un medio tecnológico más, sin extremismos. Como padre o madre nos involucraremos en un uso justo y adecuado a su nivel madurativo, que tomen conciencia del consumo que genera la utilización abusiva del mismo, que compartan gastos de tarjeta con sus pagas semanales, que lo cuiden y no lo extravíen, que aprendan a controlar sus llamadas y mensajes; en definitiva, no tenemos que estar las veinticuatro horas del día viendo qué hace, a quien llaman, con quién quedan… sí que sabrán que estamos ahí para lo que necesiten, contarán vivencias que deseen compartir con sus padres, familiares y amigos, será cuestión de confiar y dejarles cierto margen de libertad.
Pero si fuese tan fácil no estaríamos debatiendo el tema ahora mismo, por ejemplo, ni todos los padres se comunican directamente, cara a cara con sus descendientes ni tampoco los jóvenes se sienten protegidos ni les apetece hablar del tema, quedan con extraños, descargan contenidos poco apropiados para su edad, se comunican de manera inadecuada, no quieren mucho trato con el mundo adulto y suelen aislarse para no tener que dar explicaciones de sus inquietudes o problemas, hasta que un día descubrimos que ya no nos cuenta nada, que muestra episodios recurrentes de insultos, indiferencia, pasotismo e irregulares modos de comportamiento que antes no tenía, se vuelve apático, antisociable y un tanto déspota. ¿Qué hacemos entonces?, ¿A quién le pedimos ayuda?
Bueno, al Ministerio de Consumo está claro que no, porque la educación de nuestros hijos depende en gran medida del trato que tengamos hacia ellos, del estilo con que les eduquemos, de las oportunidades comunicativas y sociales que se nos planteen y de las riendas que debemos marcarlas en su justa medida. La adolescencia es una etapa muy vulnerable, de cambios psicofísicos significativos, de perturbaciones sociales en sus redes de amigos, de la cultura consumista y de los modismos, hay que hacerles entender que no es lo más natural del mundo tener móvil por mucha publicidad que haya y si decidimos padre e hijo que se tenga entonces habrá que optar por asumir consecuencias del mal uso que se haga de él si llega a pasar.
En los Institutos la realidad de tecnología en cuanto al móvil es bien distinta, los adolescentes a los que se les detecta el artefacto en el bolsillo sabemos que están distraídos, que captan un descuido del tutor para mandar un mensaje, dar un toque al compañero, grabar una imagen en clase, pasar imágenes que tengan guardadas en el mismo, dejar sonar los politonos que consiguió el fin de semana… Esta fuente de distracción constante, broncas e intranquilidad innecesarias no hace más que facilitar y fomentar comportamientos compulsivos y repetitivos, quieren el último modelo, le dedican todo su tiempo libre, aparecen los problemas de fracaso escolar, se altera su estado de ánimo, además distribuyen fotos o videos de sus iguales burlándose de ellos o acosándoles, ves cómo se van sintiendo tan atraídos por el aparatito que llegan a no darse cuenta de que pasan muchas horas delante de la minipantallita (videos, animaciones, salvapantallas, juegos, música, Internet, mensajería instantánea…).
Los estudios científicos acerca del móvil y la juventud ¿qué dicen al respecto? Pues que existe una grave irresponsabilidad a nivel sanitario y educativo, desaconsejan el uso del móvil para menores de dieciséis años por el efecto nocivo que podría tener la exposición a ondas electromagnéticas y porque los mismos jóvenes se excluyen como en otro mundo, se refugian en sus propias vivencias sin compartirlas con sus padres y hermanos, es una mascota virtual que un día pusieron en sus manos y de la que se deshacen sólo para adquirir otra más moderna.
La utilización de móviles y aparatos electrónicos de entretenimiento (MP3, consolas, teléfonos móviles…) en el ámbito escolar hoy por hoy carece de regulación específica en las comunidades autónomas, ahora bien, en el ideario de centro y en su plan anual de convivencia debieran estar las prohibiciones que dañan el funcionamiento normal de un aula, igual que comer, beber, gritar, fumar y tantas otras contempladas. ¿Y los padres que pueden hacer? Por ejemplo, requerir límites orientados al uso racional (edad mínima de adquisición de 16 años) sólo crear un equilibrio entre autonomía –puedes tenerlo-, privilegio –no todos los niños tienen- y responsabilidad –hay que ser consecuente con lo que uno hace-.
El creador de este aparato que ha cambiado nuestras vidas nos dice al respecto: “Hemos asumido la idea de que la gente quiere tener la libertad de comunicarse cuando está en movimiento pero desgraciadamente sólo lo hemos logrado en lo que respecta a la voz.” (Martín Cooper)
Por M. ª Carmen Moreno
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