Enseñar a jugar, jugar a aprender

ENSEÑAR A JUGAR Y JUGAR A APRENDER Enseñar a jugar, jugar a aprender¿Realmente nos hemos preguntado alguna vez por qué es tan significativa la palabra “juego”? ¿Qué poder de persuasión, diversión, atracción, cognitivo, relacional y afectivo impregna a los seres humanos desde el momento de su nacimiento? ¿Cómo a lo largo de la historia ha sufrido importantes cambios según ha ido avanzando la forma de entender el mundo y surgido otros medios de expresión? ¿Son compatibles aquellos juegos de antaño con los actuales recursos tecnológicos de gran influencia mediática?  Seguramente éstas y otras cuestiones se nos vendrían a la mente al intentar definir el juego infantil e inclusive términos como creatividad, estimulación, motivación, imitación, curiosidad y representación de la realidad resultarían vinculantes al entorno escolar.

Si hacemos un ejercicio de introspección y volvemos a nuestra infancia, recordaremos viejas retahílas, refranes, juegos de corro, chinas, canicas, muñecas, cocinitas, indios, pilla-pilla, escondite, cuentos, disfraces, elástico, tejos, combas, pollito inglés, gallinita ciega, palmitas, pañuelo, jugamos a que éramos, picnic con los padres, salidas al campo con los abuelos, etc., retrocediendo a la década de los años 80, por ejemplo, cuando el entorno social y el ambiente lúdico se reducía a las salidas a los parques, eras, jardines de amigos, patios de recreo, aceras de las calles y no contábamos con tanto acceso al polideportivo, los videojuegos y los ordenadores aún no habían llegado a todos. Dichas formas de pasar el tiempo libre y de ocio tenían un elemento en común, las relaciones de participación-comunicación con los iguales, los vecinos, los compañeros,  los primos, los titos, los padres, las nuevas amistades realizadas en la calle…

El valor del tú a tú, de las actividades compartidas, de las imitaciones de adultos reales y no de famosos televisivos, el compartir una merienda con la familia donde todos jugábamos a inventar cosas, nos hacíamos competidores sanos de juegos tradicionales como el dominó, el parchís, la oca, la interactividad multimedia que ahora los críos realizan a través de una máquina electrónica antes se verbalizaba y se expresaba en emociones, sentimientos, formas de hacer y de actuar, de reconocer, crear y asumir roles sociales, reglas establecidas y tantas otras cosas han caído en desuso, como diríamos, en el olvido social o han quedado relegado a un segundo plano para un público de tercera edad que aún se reúne en el pueblo a compartir e intentar resurgir juegos como la peonza o el pañuelo.

Aquí surgía el respeto, la tolerancia, la generosidad, la valentía, el riesgo y la iniciativa propia sólo por el hecho de respetar y jugar, del pensar haciendo, del actuar pensando, los modelos éramos humanos de carne y hueso que buscábamos relacionarnos con los demás, pasar un buen rato y anochecer en aquellos patios y jardines en los que dice haber en la actualidad violencia, peligros, discriminaciones… La reflexión anterior ¿quiere llevarnos a la idea de que antes fue mejor que ahora en lo que respecta a los momentos lúdicos? No necesariamente, las necesidades básicas de juego, movimiento, expresión corporal, mimo y psicomotricidad siempre estuvieron presentes en todas las épocas, claramente se interpreta que han cambiado los modos, los medios, los guías de ese aprendizaje.

Pero el juego en su significado más austero tiene mucho que aportar a la educación de los pequeños, a través de él, los niños sienten la curiosidad de explorar, de adaptarse al medio, de actuar con los objetos y personas del entorno, de etiquetar la realidad, de establecer las primeras relaciones de empatía y amistad, de autoafirmarse como persona, de adquirir roles sociales, de dialogar, de asumir ciertas responsabilidades y aprender que no siempre se gana, esto estará siempre delante de una web de juegos, en un partido de fútbol, en el patio de recreo, en un programa de juegos populares que estemos llevando a cabo. 

Creemos que los profesionales y padres que pasamos la mayor parte del tiempo de nuestra vida con los niños debemos inculcarles valores positivos sobre el juego, las múltiples formas de interactuar con los demás, de compartir las vivencias, de hablar, porque se está perdiendo el diálogo, de conversar y hacer que jugando aprendan criterios de selección, de asunción de roles, de resolución de conflictos, de adquisición de contenidos y elaboración personal y significativa de los mismos, de que pierdan ese temor a preguntar dudas, de que opinen con sus padres sobre temas diversos. El niño inicia su andadura y descubrimiento de su hábitat gracias al juego, a la exploración, a la manipulación, a las investigaciones, Piaget nos hizo muchas aportaciones al proceso cognitivo y a las etapas evolutivas donde el movimiento llevaba a la inteligencia sensoriomotora y después al periodo preoperatorio hasta desembocar en el operacional en la adolescencia; luego el movimiento físico-mental siempre ocupó el lugar que merecía en el desarrollo del niño.

Cuando vemos a dos niños jugando a los indios ¿qué pensamos? ¿qué observamos? ¿sentimos curiosidad por algo? Por ejemplo, yo, como docente, analizo mentalmente qué puede estar pasando por su imaginación, las verbalizaciones que realiza, las relaciones que mantiene con sus iguales, cómo estimula sus sentidos, la percepción que tienen de ellos mismos, qué comenta de su entorno familiar, cómo éste le influye considerablemente, qué lugar ocupo como maestra en su espacio vital y escolar, qué destrezas se están poniendo en juego… Asimismo me ocurre al observar a una niña frente a la pantalla del ordenador en la web oficial de las Bratz o las Barbies, aunque mi planteamiento ya es distinto, las frustraciones, las alegrías y las maneras de jugar varían, pierden ese carácter directo, de comunicación gestual, hablada y sentida que tienen en el juego anterior.

¿Cómo hacer para guiarles y educarles jugando? Pues ahí el profesor o padre-guía de sus aprendizajes tiene mucho que decir, que preguntar, que vivenciar con ellos para que no caigan en soledad, consumismo y falta de valores humanos; siempre ponemos el mismo ejemplo, el móvil nos sirve para comunicarnos y no caigamos en la tentación de jugar con él sin decir a qué jugamos. ¿Y en el cole como ponemos en marcha nuestro plan de enseñar a jugar y de jugar a aprender? Resulta un juego de palabras nada más pronunciarlo, pues bien, en el centro educativo tenemos multitud de experiencias que realizar para que jugando los niños puedan aprender.

Situaciones tales como sembrar un huerto, cuidar una mascota, hacer un bizcocho, crear un taller de marionetas, simular tareas de casa con diálogos sencillos, dar resolución a los conflictos que surgen en el aula (pequeños hurtos, discusiones, peleas, rabietas) disfrazarnos de animales en carnaval construyendo un entorno saludable, reciclar papel, participar con los padres en el libro viajero, realizar rutinas de aseo, higiene y alimentación asumiendo roles diferentes, jugar a ser mayores, crear nuestro propio periódico escolar, divertirnos en el patio conociendo las partes de nuestro cuerpo al mover las articulaciones… permitirán a los alumnos y a los maestros entender que se puede enseñar a jugar de forma sana, con rivalidad y competitividad justas, comprendiendo que lo que se enseña de forma significativa, funcional, lúdica y emotiva perdura con los años e igualmente, aprender jugando hace que se exterioricen ideas, actitudes, destrezas a desarrollar con corrección.

Procesos psicológicos básicos se ponen a prueba al ejecutar una actividad lúdica: atención, concentración, pensamiento simbólico, voluntario, activo, placentero. Por eso nos sentimos bien y a gusto al ganar, aumenta la autoestima, nos afirmamos en personalidad y es referente si sucede lo contrario, el niño ha de aprender a jugar sabiendo perder, aceptando la derrota, remontando la siguiente vez con afán de superación y reconociendo que no siempre se sale airoso aunque sea entre amigos, ya están aprendiendo a jugar y juegan a aprender cosas nuevas con esas situaciones.

Siempre, al finalizar nuestras reflexiones nos gusta haceros partícipes de pensamientos célebres que en su momento tuvieron gran repercusión social y perviven en la actualidad, sirva a tal fin esta cita de Rosenar y Gorden: “Una persona que no sabe jugar está privada al mismo tiempo de la alegría de hacer y crear y seguramente, mutilada en su capacidad de sentirse viva”.

Por M.ª del Carmen Moreno Fernández

 

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