“Comer de forma saludable”, una asignatura pendiente

Planificación de menús, dieta equilibrada, trastornos alimentarios, enfermedades crónicas o temporales que afectan a la dieta, alteraciones en el apetito, hábitos, destrezas y aprendizajes en los comedores escolares, ejes de trabajo educativo con los comensales, pautas de actuación de los adultos ante la mesa, criterios organizativos y tantos otras expresiones vinculadas a las horas de comer suscitan, cuanto menos, una reflexión profunda por parte de una institución como la escuela, espacio en que el niño y la niña pasan muchas horas al día, desayunan, almuerzan y meriendan.
No dudamos de que la alimentación es una necesidad básica para el desarrollo de pequeños, jóvenes, adultos y ancianos. Ahora bien, dieta y salud caminan juntas, tenemos la posibilidad a diferencia de los factores genéticos, de modificar la dieta como una medida preventiva o de retrasar la aparición de enfermedades crónicas que circulan a velocidad impresionante por nuestra sociedad (cardiovasculares, diabetes, cáncer, osteoporosis, obesidad, bulimia, anorexia, etc.). Creemos en la importancia que tiene la formación de hábitos ya desde Educación Infantil que conformen un adecuado comportamiento alimentario futuro.
Si enseñamos a comer bien, habremos educado en sensaciones y percepciones, sabrán apreciar el valor de un buen menú, los olores, las texturas, los sabores, los frutos de cada estación y un largo etcétera.
¿Qué entendemos por alimentación equilibrada? Para que la combinación de alimentos en la dieta de los niños y niñas sea correcta se precisa que estén presentes los nutrientes indispensables y en las cantidades adecuadas para cubrir demandas biológicas y evitar carencias. La infancia, al igual que la etapa adulta, requieren una variedad de alimentos agrupados en cinco categorías que desempeñan funciones concretas en sus organismos: 1. Leche y derivados; 2. Carne, huevos y pescado; 3. Patatas y leguminosas; 4. Verduras y hortalizas; 5. Frutas; 6. Pan, pasta, cereales y arroz y 7. Grasas, aceites y dulces.
Además los adultos que trabajamos directa o indirectamente con los críos, a saber, maestros, tutores, educadores, padres, abuelos, empresas colaboradoras, monitores del comedor deberán conocer los aportes nutricionales medios de los diferentes estadios evolutivos, porque, por ejemplo, el menú del niño de 1 a 3 años contendrá 1.400 calorías diarias frente a las 1.800 del alumno de 3 a 6 años, repartidas proporcionalmente.
No todos los padres saben que el equilibrio nutricional infantil oscila entre estas cantidades: 50-60% de hidratos de carbono, 30-35% de lípidos o grasas y de proteínas, 10-15%. Aún así, pediatras, médicos de cabecera y endocrinos pueden ayudarnos a resolver estas dudas.
Pensamos que el acto de comer sigue siendo una asignatura pendiente porque en el colegio los niños aprenden Matemáticas, Biología, Lengua, Idiomas, Informática, Historia, Química, Música… y, a veces, no se les inculcan medidas de atención a la diversidad y de individualización precisas para favorecer un adecuada actitud alimenticia o simplemente no se continúan en los contextos familiares, la coordinación aquí es vital. No hace falta que el niño sea diabético, celíaco, hiperactivo, obeso o tenga una alergia concreta para estar atentos a su alimentación.
Elegir una dieta variada con un adecuado balance entre alimentos, cantidades moderadas, que apetezca comerla y que combata la aparición de alteraciones físicas en el organismo por causas de malnutrición, excesos y otras, pueden ser algunas tareas que nos toque a los adultos trabajar y desarrollar en el hogar.
Si trabajásemos en la elaboración de los menús semanales del comedor escolar ¿qué aspectos tendríamos que considerar? Algunos puntos estarían relacionados con la preparación adecuada a la temperatura de cada época del año, la introducción de alimentos de temporada, el conocimiento de tradiciones culturales que relacionan ciertas festividades con la gastronomía, la información a las familias de los alimentos que ingieren sus hijos.
Cuando se diseñe la estructura de dicho menú sería interesante tener en cuenta las técnicas culinarias: fritos, hervidos, guisados, asados…; la presentación: “los niños comen más por los ojos”; las texturas: diferentes formas de troceado, cocción, contenido en agua (patatas hervidas, puré de patatas, patatas al horno, patatas fritas…) y los colores para proporcionar una mejor aceptación.
Sin embargo, las horas de comer no son vividas por todas las familias de igual forma, hay madres que se desesperan viendo como el niño pierde el tiempo, cierra la boca y gira la cabeza, no traga los alimentos y hace bolas, vomita… frente al otro extremo, “cuanto más come el niño mejor alimentado está”, expresión popular de nuestras abuelas y vecinas que relacionaban la apariencia física del niño gordito, de cuatro kilos y medio de peso al nacer, con el augurio de un futuro sano, creencia contraria en la actualidad pues de no controlarse un apetito exacerbado podría desencadenarse un trastorno de obesidad provocando así un problema serio de salud.
La virtud sigue estando en el término medio tendente al equilibrio, que con un poco de esfuerzo se puede conseguir. Golosinas, bollería, comida preparada, embutidos, refrescos o chocolates no se deben tomar todos los días pero sí en cantidades justas.
Es un error corregir comportamientos restringiendo alimentos que les gustan ni comidas esenciales como no cenar o no tomar la merienda. La alimentación infantil no es un juego y eso sí, considero que no debemos suprimir ni alterar el horario alimenticio de un niño porque sus conductas no sean las esperadas, existen otras formas para paliarlas.
Si comer es una necesidad natural no hay por qué alterarla, esta concepción lógica está sufriendo un cambio radical ya que los propios cambios sociales y culturales han hecho que las comidas se conviertan en actividades poco importantes, realizadas deprisa y sin valorar aspectos nutritivos, nos sentamos ante el televisor, sobreprotegemos a los niños, les privamos del ejercicio de su autonomía tanto para decidir cantidades como para descubrir nuevos gustos y nuevas comidas, queridos lectores, esto también es educación y además transversal, está presente en todos los aspectos de la vida del alumno y de la nuestra.
Visualicemos mentalmente el espacio donde almuerzan los niños en un centro educativo, hay varios turnos y presenciamos el de los comensales preescolares ¿qué ejes de trabajo predominarían en el comedor escolar? Evidentemente, mi hijo de cuatro años está ahí sentado con sus compañeros e iguales, a su cargo, un grupo de profesores más los monitores especializados que sirven la comida. Si observamos todo cuanto rodea al alumno le transmite información, le inculca valores, le hace imitar conductas, le permite relacionarse y disfrutar.
Por tanto, estarán presentes contenidos de control postural, habilidades motrices, formas de alimentarse, desarrollo de los sentidos, materiales para la comida, espacio, tiempos, normas del grupo, hábitos sociales, colaboración, limpieza, seguridad, autoestima, lenguaje y resolución de problemas, al menos.
¿Cuáles serían las pautas de actuación más adecuadas que llevarían los adultos? El equipo educativo del centro acordará unas medidas de intervención coordinadas y formativas en buenos hábitos que faciliten la creación de un clima adecuado en cada comida que se realice.
Mantener una actitud firme pero flexible, pactando afectivamente con los niños, sin gritar, lanzando mensajes positivos, sin obligarles ni forzar, castigar, amenazar o reprochar, así como mostrar actitudes de respeto, favorecer la comunicación y establecer puntos consensuados en el caso de situaciones problemáticas, atender a las peculiaridades por motivos de salud o culturales y cuidar la higiene de los niños y la temperatura de los alimentos favorecerían un momento grato de recreo, almuerzo o merienda en la asamblea.
En esta ocasión os lanzo, a modo de conclusión de este relato, una pregunta retórica a la que, os confieso, no he logrado dar respuesta con el transcurrir de los años pero que me sigo haciendo cada mañana al poner el desayuno: “¿Somos lo que comemos?”.
Por M.ª del Carmen Moreno Fernández
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