¿Saben estudiar nuestros alumnos?

SABEN ESTUDIAR NUESTROS ALUMNOSMuchos son los escolares que manifiestan su apatía, descontento y angustia ante los estudios, no saben por qué se les enseña tal materia, ni encuentran razones positivas a su formación integral. Y es que en los centros educativos ya no sólo se aprende Matemáticas, Música, Inglés, Lengua, Ciencias Naturales o Geografía entre otras, sino que además están presentes materias transversales como Educación para la Salud, Sensibilización Medioambiental, Consumidor responsable, Igualdad de oportunidades, Paz y tolerancia, Nuevas Tecnologías…

No debemos olvidar que, junto a todo lo anterior, los alumnos desarrollan al mismo tiempo su personalidad, acusan rasgos temperamentales, conciben la amistad, la empatía o desarrollan el autoconcepto, la autoestima; en definitiva, imitan modelos de conducta que les llevan a caracterizarse como personas en un ambiente de trabajo que no siempre les resulta agradable, cómodo, ni les invita a participar desde el respeto, la multidisciplinariedad y la libertad, entorno que se ha de crear paulatinamente con nuestras acciones y pensamientos, vinculándose de este modo, a las relaciones interpersonales positivas entre iguales, docentes-alumnos, docentes-padres y padres-alumnos que se dan en estas instituciones sociales.

Justamente, en mis prácticas de Psicopedagogía, al observar las interacciones y la actividad estudiantil en las clases pude comprender la complejidad que rodea al mundo magisterial, que no siempre los escolares tienen referentes sociales claros ni adecuados, que muestran su disgusto con el sistema educativo, que no están dispuestos a colaborar en la mejora de sus aprendizajes, que simplemente abandonan antes de empezar el curso, que no se dejan guiar porque se sienten desprotegidos, no encuentran valoraciones ni estímulos que le hagan apostar su esfuerzo. Es una etapa, la adolescencia, de profundos cambios físicos y psicológicos, donde los jóvenes han de aprender a ser justos, tolerantes, responsables de sus actos y a tomar decisiones, algo a lo que no están acostumbrados porque exige una continuidad, una estabilidad emocional que aún no tienen.

Dichas apreciaciones que vivimos en nuestra profesión nos llevan a pensar qué cuestiones se les pasarán por la mente a aquellos alumnos considerados con déficit atencionales, motivacionales, dificultades de aprendizaje, conducta disruptivas, etc., serán similares a éstas: “¿Por qué tengo que estudiar?, ¿Para qué me va a servir?, ¿Por dónde empiezo?, ¡Qué más da otro examen suspenso!, ¡No me van a hacer ni caso!, ¡Ni siquiera tengo un sitio donde estudiar!, ¡Si puedo copiarme perfectamente, no se darán ni cuenta!, ¡Para qué me voy a poner todos los días si el día antes del examen lo leo y me hago una chuleta, voy a aprobar igual que los empollones!” y tantas otras que circularán por el pensamiento de miles de estudiantes a diario.

Por eso estamos convencidos de que “enseñar a estudiar” consiste en ponerles a su alcance procedimientos y estrategias de enseñanza-aprendizaje que hagan más llevadera y amena su labor, les den sentido educativo a su trabajo y rechacen estereotipos, fórmulas negativas a su condición de estudiante, porque en el futuro van a necesitar esa preparación para la vida en general y en sus puestos de trabajo en particular.

No se estudia por gusto, ni por capricho de quienes pasaron por esa experiencia, sino por uno mismo, por la satisfacción personal del deber cumplido, por superar metas, por seguir ampliando conocimientos de diversa índole: conceptuales, procedimentales, actitudinales, por darle rienda suelta a la imaginación, al hecho de compartir con los amigos situaciones nuevas, de predecir, de investigar, de reflexionar, de sentirse útil, este es el compromiso que debemos hacerles ver y que tantas pesadillas nos hace tener a educadores y padres.

Yo, como orientadora, también me he planteado en muchas ocasiones serios interrogantes referentes al entorno que rodea a los alumnos: ¿Tendrán un cuarto de estudio para ellos solos sin que nadie les moleste?, ¿Estarán pendientes los padres de las actividades que realizan?, ¿Contarán con suficiente material escolar, de consulta, tecnológico y divulgativo?, ¿Dispondrán del tiempo justo y necesario para equilibrar momentos de actividad-descanso?, ¿Sabrán hacerlo?, ¿Tendrán un guía donde apoyarse?, ¿Recibirán estimulación oportuna?, ¿Mostrarán ilusión, constancia y esfuerzo en sus actividades?

De cuantos factores pienso, considero que la motivación intrínseca es primordial, un niño no puede hacer los ejercicios por el mero hecho de conseguir algo a cambio, de obtener buenas calificaciones porque se va a ver inmediatamente recompensado con dinero, bienes materiales, juguetes, prolongación del horario en fin de semana, aumento de la paga… porque entonces entenderá que siempre que se esfuerce conseguirá a su favor un estímulo positivo y en la vida se encontrará que esto no ocurre así, que debe aprender a solucionar conflictos, a aceptar las derrotas, a aprender de los fallos, tenga o no valoración por ello. Ojo, que no queremos decir que los incentivos, los “feedbacks” positivos que utilizamos en colegios para premiar los logros de los pequeños en su desarrollo deban suprimirse, pero hay que saber controlarlos y proporcionarlos, en la medida en que los beneficios para ambas partes, educador y educado tengan las mismas satisfacciones.

Realmente lo que provoca dedicación, rutina, memorística, esfuerzo, trabajo y repetición no gusta porque se cae en una monotonía que no agrada al alumnado, si escogemos una técnica y no salimos de ella, por ejemplo, el subrayado, llega a agotar la mente de los alumnos y a entender ese recurso como algo pesado, aburrido que hay que hacerlo porque sí y ya está. Todo lo contrario, ya sabemos que los saberes clásicos de antaño, elitistas, exclusivos, de privilegiadas memorias ejercitadas para ello han sido sustituidos por otros más pragmáticos, experiencias reales, investigaciones, medios tecnológicos y recursos de todo tipo están ayudando a que los aprendizajes resulten fructíferos. Aún así algo hay que falla ¿el método?, ¿el profesor?, ¿la familia?, ¿los contenidos?, ¿la disciplina?, ¿el uso de los materiales?, ¿la planificación?, ¿las oportunidades?, ¿el espacio-tiempo donde nos desenvolvemos? Sinceramente creo que es un conjunto de causas lo que desencadena en dificultades de aprendizaje, carencias afectivas, aversión hacia el colegio, absentismo, odio por las asignaturas, manías al profesorado y en definitiva, situaciones de fracaso escolar.

Desde los colegios e institutos debemos apostar por una detección precoz de esas carencias y solventarlas poniendo los medios que sean necesarios. En la actualidad la concienciación de una serie de medidas que palien los efectos negativos de las dificultades de aprendizaje, están llevando a los centros a contar con un equipo de apoyo escolar, de seguimiento al estudio, de adaptaciones curriculares, de establecimiento de programas y talleres donde las técnicas de estudio se transmiten junto a sus ventajas y modo de utilizarlas sobre todo en las edades que se entienden de riesgo como segundo y tercer ciclo de Primaria, Secundaria y Bachillerato.

Con excepciones porque en todas las cosas hay un desencadenante previo, un pequeño triste que no se adapta, que no participa, que no termina de adquirir el proceso lector, que presenta dificultades impropias o que no han sido atendidas en su momento estará más propenso a presentar cuadros de inadaptaciones, conductas disruptivas, distracciones, dificultades de aprendizaje, desmotivación, etc. Algunos apartados de los programas que hemos mencionado anteriormente y que atenderíamos en pro del estudio serían: mi forma de estudiar, el método que debo seguir, dónde y cómo estudio, mis fallos, esfuerzo, atención, concentración, memoria, cómo me planifico y qué instrumentos tengo, lectura, subrayado, esquema, mapa conceptual, resumen, diccionario, biblioteca, trucos y reglas nemotécnicas, pregunto mis dudas. Se trata de crearles hábitos positivos y saludables en sus aprendizajes, nada más.

Esos puntos a tratar en dichos programas están ya comprobados y analizados desde la investigación e innovación en la calidad educativa puesto que enseñando esas claves los niños se motivan más, pues se les está, simplemente, dedicando el tiempo que necesitan, trabajan a su ritmo pero dentro de un orden secuenciado de tareas, momentos de tranquilidad, recuerdo, repaso ante cualquier explicación o lección.

Fundamental es que entiendan que no se toman apuntes sin pensar en lo escrito, que estudiar significa comprender, asimilar y finalmente retener lo adquirido, que un resumen no es un copiado, ni subrayar, trazar unas líneas sino que cada técnica tiene sus ventajas e inconvenientes, que la agenda la compra mamá para anotar las tareas pendientes y prever las futuras y al ser personal su uso es exclusivo y responsable de quien la posee, que el escritorio debe estar preparado y ordenado para las actividades, que nadie tiene que recordarles la fecha de un examen o la entrega de un trabajo porque ellos son los que deben estar pendientes,  que tienen derechos y deberes como los mayores tenemos los nuestros… Pero claro, concienciar de esto a los chavales resulta cuanto menos complicado y  sobre todo, hay que querer hacerlo.

¿Quiénes se encargarán de dicha labor? Un equipo de profesionales cualificados y expertos, empeñados en mejorar la calidad del rendimiento académico en todas sus facetas, nos incluimos maestros, educadores sociales, padres, pedagogos, psicólogos, coordinadores, asociaciones de padres y madres, los propios alumnos y resto de personal educativo, ésta es nuestra apuesta, en ello trabajamos diariamente los que nos dedicamos a la educación.

El mensaje al estudiante que hoy queremos compartir con nuestros lectores fue envidado por un gran genio, Albert Einstein, quien nos decía al respecto “Nunca consideres el estudio como una obligación sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber”.

Por M.ª Carmen Moreno

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