¿Qué significa ‘programar’ en Educación?
Imaginémonos un grupo de alumnos al margen de una planificación escolar, no supondría más que un elemento más de esa globalidad que llamamos proceso de enseñanza-aprendizaje. De ahí la necesidad de programar, es decir, de plantear, prever y proponer bajo factores psicológicos, cognitivos, pedagógicos y culturales, un conjunto de nociones que se van a transmitir, desde unas intenciones concretas y bajo una concepción de modelo didáctico.
¿Por qué es necesario programar? Indudablemente porque los docentes debemos ser conscientes de las posibilidades reales con las que contamos en el contexto aula, colegio y entorno cercano. La improvisación, la intuición, la creatividad y la imaginación, serán complementos insertados dentro de nuestra planificación que siempre estarán presentes al formar parte de ese currículo oculto y transversal con nuestras formas de proceder, actuar, decidir y presentarnos ante los niños quienes se convertirán en fieles imitadores de comportamientos, hábitos y actitudes.
A muchos nos costará comprender el por qué de la intencionalidad educativa, las nuevas expresiones pedagógicas que marcarán las pautas de los futuros docentes, las reflexiones sobre organización del aula, los niveles de concreción curricular, las inspecciones, la coordinación en ciclos, el ideario de centro, cuando desde antaño se nos plasmaba en la mente una imagen del maestro o la señorita rurales, alejados en una pedanía con una ratio de no más de quince alumnos y donde aprender suponía algo más que cálculo, lengua y manualidades.
En este punto nos gustaría añadir que si bien hemos avanzado en el plano tecnológico, innovador y formativo en cuanto a posibilidad de elegir enseñanza, medios, profesorado, materias… hemos retrocedido en modales, autoridad, respeto, tolerancia y tantos valores que se quedaron en el camino. Aún así, dada la particular y compleja realidad social por la que atravesamos se hace casi imprescindible el hecho de disponer de un instrumento de reflexión y práctica docente como lo es una buena programación de nivel y de aula.
Tal vez por la cercanía a los padres y al alumnado resulta más conocida la programación de aula ubicada en el tercer nivel de concreción curricular, último eslabón de la cadena legislativa que garantiza el derecho y respalda nuestra labor pedagógica. Las actuaciones que de ella se derivan están enmarcadas con una serie de elementos, conocedores por parte de cuantos opositores acceden a la función pública y acordes con un periodo evolutivo previamente definido.
Consta de un mínimo de quince unidades didácticas propuestas para un curso completo, de septiembre a junio, donde se explicitarán entre otros aspectos, finalidad, objetivos operativos, contenidos, orientaciones metodológicas, distribución espacial y organización temporal, recursos y medios, temas transversales y criterios de evaluación. No es un documento cerrado, sino flexible, adecuado y tolerante en cuanto a modificaciones se estimen oportunas en el transcurso de su ejecución. Por ejemplo, justo al finalizar la estación veraniega, profesores y maestros se reúnen antes de iniciar el curso escolar con objeto de elaborar y diseñar aquellas unidades didácticas significativas y acordes al grupo de alumnos que les ha sido asignado. Se trata de adaptar a los mismos cuanto se ha pensado e ir incluyendo novedades, aciertos y correcciones resulten oportunas.
¿Guarda relación la programación con la concepción de la figura del maestro que se tiene hoy en día? Por supuesto, parecen ideas eternamente reconciliables al haberse convertido esta función socioeducativa en una contextualización totalmente diferente a la que se venía teniendo. Ahora el maestro además es educador, ejemplo moral, orientador, consejero, ayudante, mediador entre los recursos, la familia, el colegio y el aula, no sólo enseña saberes, practica destrezas, inculca nuevos valores, tecnológico, innovador, reflexivo e incentivador de experiencias múltiples intenta acercarse a una realidad del alumnado cada vez más compleja, donde se combinan ventajas e inconvenientes como la desestructuración familiar, la falta de expectativas familiares con respecto a la educación, diversidad cultural, fracaso escolar, acoso, violencia…
Al maestro no le ha quedado otra que adaptarse a los tiempos actuales y prepararse para los venideros, que no prometen facilidades y al cual pide respaldo, valía y reconocimiento social por parte del resto de ciudadanos. Una contradicción si pensamos que programar es controlar todos y cuantos factores estén presentes en el proceso educativo. Vemos, por tanto, que no todo se puede dirigir y salvaguardar de los efectos que nosotros mismos generamos. Pero ¿y si dejásemos todos los factores educativos al descubierto sin prever situaciones, ni espacios, ni medios, ni interacciones sociales, ni tratamiento con los familiares? Sería un auténtico caos nada formativo ni acorde a los proyectos que se pretenden desde los distintos peldaños de la escalera educativa.
“Planifiquemos entonces, nuestra actuación e intervención pedagógica-didáctica y establezcamos puentes y cauces de referencia entre los distintos profesionales de la enseñanza, el azar tendrá siempre su hueco pero las enseñanzas deben materializarse en objetivos concretos que han de cumplirse”.
Por M.ª Carmen Moreno
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