¿Hablamos de violencia escolar?

HABLAMOS DE VIOLENCIA ESCOLARNo cabe duda que existe todo un foro abierto de debate sobre la violencia escolar. Fenómenos como los famosos “bullying”, las extorsiones, el acoso sexual, el vandalismo, la agresión física y verbal, los problemas conductuales en el aula y fuera de ella, la discriminación, etc., se engloban dentro de la expresión “violencia escolar”. Evidente, es, igualmente, la alusión que se hace de ello en los medios de comunicación, con sucesos lamentables acontecidos en los centros educativos en dos direcciones, entre iguales y del alumno hacia el profesor.

Entendemos que las conductas antisociales estuvieron, están y estarán presentes en la vida escolar y no son más que el reflejo de las normas y los límites de la sociedad en general, en este sentido, creemos que no se trata de escandalizar a la población sino de buscar soluciones, porque los casos aislados se están extendiendo cada vez más en las aulas, las bajas por depresión y el descontento del profesorado y las denuncias de familiares afectados están patentes. Si tuviésemos que atender a las causas que generan estos comportamientos disruptivos, nos estaríamos refiriendo a una cuestión más profunda de asunción de normas y límites claros dentro del comportamiento humano.

La tan polémica expresión “Al profesor hay que tratarle de Vd.” se confunde con nociones de respeto bastante más profundas, no son formas sino actitudes; no hay que confundir roles amigo-maestro, se pueden complementar y llegar a un acuerdo en tratamiento y respeto personal hacia el otro. Miremos a nuestro alrededor y veremos cómo muchos de los jóvenes confiesan haber perdido esos valores de convivencia básicos a la hora de comunicarse y establecer habilidades significativas con sus padres, adultos, maestros e incluso, con sus compañeros habituales de juego. ¿Qué está pasando cuando una madre denuncia al centro por sufrir su hijo/a acoso escolar? ¿Tenemos los maestros que convertirnos en detectives vigilantes las 24 h del día desconfiando del comportamiento fundamental que chavales de trece o catorce años debieran ya tener adquirido?

Difícil respuesta para planteamientos tan graves, además el entorno social del niño agresor, su familia, el barrio, sus amigos… aportan importantes claves a considerar cuando tratamos cada caso particular. Además todos los sucesos que se producen deben no tener igual categorización, por ejemplo, un insulto o bofetada, difiere del acoso sexual y, asimismo, éste es distinto a un acto vandálico sobre los materiales del colegio.

Somos seres socialmente adaptados al medio en que nos desenvolvemos, llevamos unos patrones genéticos concretos y a lo largo del desarrollo potenciamos y asumimos una serie de responsabilidades aprendidas no heredadas, así, se entienden que los niños peleen, discutan, insulten, cojan pataletas, interrumpan al grupo-clase, no atiendan a reglas establecidas en la edad infantil; a medida que van creciendo y establecen sus primeras relaciones sociales de empatía, generosidad, autonomía, amistad, etc.,  asimilan hábitos, normas y actitudes positivas o negativas –según las circunstancias- hacia instituciones y personas, de forma que cuando llegan a la madurez, ya tienen todo un repertorio de modos de hacer y de pensar para poner en marcha en las distintas situaciones que experimenten. No pretendamos entonces que los jóvenes actúen solos, sin guías, ni modelos, pues éstos harán que forjen actitudes consideradas “buenas” o “malas” sin haber tenidos modelos referentes adecuados o sí, pero siguieron otros caminos.

“El hombre es bueno por naturaleza” nos decía Rousseau pero seguirán una senda personal con el maestro como guía en sus aprendizajes, yo voy más allá, al frente también del padre, de la madre, de su ídolo televisivo, de su amigo, del vecino, del abuelo… todos somos ejemplos a imitar, los niños y los jóvenes se fijarán en aquellos que tengan mayor repercusión, los que llamen su atención, posean valores o contravalores, los imitarán a veces, sin juicios de valor, simplemente por el hecho de querer parecerse a ellos e inclusive inconscientemente, para enmascarar su propia realidad que les hace daño –niños desamparados, marginados, inadaptados-.

¿Qué alternativas proponemos para que se palien los efectos del temido acoso escolar que hace que los niños sientan un temor indescriptible para asistir a clase? Primero, una actitud de alerta justificada por parte de los educadores en Infantil, maestros en Primaria y profesores en Secundaria, ya que la prevención desde edades tempranas resulta fundamental y conviene diagnosticar a tiempo antes de que se agraven las consecuencias.

Seguidamente, distinguiríamos entre una respuesta global desde el centro y específica para casos puntuales que ya se han detectado, es decir, como maestra-tutora, coordinadora, directora o jefa de estudios, estudiaría qué aspectos de la vida del aula y de la escuela tienen incidencia en la configuración de las relaciones interpersonales entre el alumnado con el que paso muchas horas del curso, en los modelos y patrones de convivencia y en la posible intervención pedagógica y psicológica del comportamiento antisocial: modelos violentos que los estudiantes ven, círculo familiar con relaciones conflictivas, desarrollo moral, integración social, consumo incontrolado de películas de acción y terror observando, además, las respuestas emocionales de los niños ante todo esto y en diferentes contextos –recreo, excursiones, reuniones, clase– porque no todos reaccionan de la misma forma.

A partir de ahí puedo canalizar casos normales, que por nivel evolutivo, tienen una naturaleza de aparición razonable y otros, de carácter singular, que hay que atajar con una socialización adecuada. Deben aprender a convivir, a respetarse entre ellos, aceptando las diferencias, dialogando para llegar a acuerdos conjuntos, asumiendo que existen deberes y derechos como normas que tienen sus frutos no sólo porque los adultos quieran establecerlas así sino que se han consolidado para un bien común que es la convivencia y aquí entramos nosotros los adultos como mediadores de un clima aceptable de participación.

El planteamiento moral es digno de mención y aceptación por parte de una comunidad escolar y social pero sigo preguntándome si un profesional de la enseñanza puede solo y debe enfrentarse solo a problemas de conducta en el aula. Está claro que el control, la disciplina y seriedad tienen que existir para hacerse con el dominio del grupo, en ocasiones, se puede flexibilizar y ceder pero, en otras, hay que exigir y demostrar esas buenas intenciones para consigo y con los demás. Imaginémonos que no podemos controlar, no nos sentimos capaces o se nos va de las manos la situación, también puede pasar, pero para ello, están los Equipos de Orientación y los Coordinadores de Ciclo además de la Dirección del Centro, de ese modo, podemos apoyarnos y llevar a cabo un modelo global de atención a esos problemas porque todos vamos a tenerlos.

Quiero llegar con mi filosofía a la idea de que la indiferencia, el ambiente desajustado o la desmotivación no pueden apoderarse del docente sino que hay tomar partido del asunto, implicarse activamente en una segunda familia como lo es para nosotros o debe serlo, el entorno escolar donde desempeñamos nuestra función y una de ellas se define, precisamente, como crear hábitos saludables de convivencia y bienestar escolares, siento al expresarlo, que esta dirección nos llevará a la formación de una personalidad sana en nuestros alumnos.

Bueno, en esta ocasión, nos quedamos con una reflexión que de buen seguro nos hará seguir pensando en educación:

“Educad a los niños. Educadlos en la tolerancia, en la solidaridad, transmitirle lo más importante que tenemos: la herencia cultural”. (Josefina Aldecoa)

Por M.ª Carmen Moreno

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